Portafolio

En este blog encontratás los portafolios de las organizaciones conformadas por ciudadanos activos y participativos que realizan su labor de gestores y actores culturales en la ciudad de Bogotá, Colombia.

jueves, 30 de abril de 2015

Arrebol taurino

(Créditos foto: www.morguefile.com, Jetolla)

Son las cinco en punto de la tarde.

La Plaza de Toros tiene aforo completo. Un torero arremete con su estoque contra el astado que bufa iracundo, como presintiendo el final del juego sangriento. Salta entonces un chisguete carmesí que se mimetiza en la arena, mientras el animal, ebrio de muerte, comienza a dar tumbos.

Una hermosa mujer del palco de sombra, toda vestida de grana, vocifera a rabiar: ¡Qué estocada tan preciosa, mataor!

Y cae pesadamente el valiente miura, haciendo retumbar la tarde aldeana.

Yo no veo nada hermoso en ese rito crudelísimo. Supongo que a eso es a lo que deben llamar: "estética de la muerte"

miércoles, 29 de abril de 2015

Noticia rimada un poco sefardita

(www.elespectador.com)


"Si su apellido está en el siguiente listado, usted podría obtener nacionalidad española
En total son 5.220 nombres y apellidos de judíos sefardíes que fueron expulsados en 1492".
El Espectador 24 de abril de 2015


De mi ancestro sefardí no  hay certeza
Pero si, con orgullo, del quimbaya,
Y no hay ni riesgo de que yo me vaya
Por pasaporte ajeno, qué pereza.

martes, 21 de abril de 2015

"Tiempo de morir", ¿un verdadero western?

Con ocasión de la conmemoración del primer año de muerte de nuestro Premio Nobel de Literatura

(Foto de www.proimagenescolombia.com)



"Por más caro que sea un hombre, no puede costar más que eso"
Juan Sáyago refiriéndose a los dieciocho años de cárcel que pagó –“uno detrás de otro”- por la muerte, en un duelo, del padre de los hermanos Moscote.


Aceptar públicamente que adoro los filmes de vaqueros y que, en cambio, la gran obra de García Márquez -salvo sus reportajes, cuentos y guiones- no me trasnocha, resulta políticamente incorrecto por estas calendas conmemorativas, más todavía en mi patria donde la unanimidad en ciertos temas es endémica. Sin embargo, esa circunstancia tan banal tiene como única virtud la de ser cierta.

Quizá por eso, por tratarse de pistoleros, el guión de la película “Tiempo de morir”, escrito por nuestro Nobel de literatura y aderezado de manera estupenda con diálogos de Carlos Fuentes, me encanta. La historia de García Márquez tiene todas las trazas de un western. Los puristas del género me dirán que una verdadera película de vaqueros sólo se puede desarrollar en un contexto espacio temporal específico, es decir, durante el siglo XIX en un pueblo desértico del oeste norteamericano y nunca, por supuesto, en un pueblo de tierra caliente del trópico colombiano a mediados del siglo XX, como sucede en “Tiempo de morir”.

Más, a riesgo de teorizar sin fundamento, me parece que el verdadero espíritu del western está en sus motivos. La venganza, el duelo, el honor y la justicia por propia mano ante la actitud negligente, cobarde o cómplice de la autoridad, son su esencia. Con lo anterior quiero decir que, estando presentes en una película uno o varios de tales motivos, ésta será para mí un western, sin importar que los hechos ocurran en un pueblo del Japón feudal, como en la película “Los siete samurais” de Kurosawa, o en un pueblo polvoriento de la Guajira, como bien podría suceder en “Tiempo de morir” (en la versión de Jorge Alí Triana de1985).

En el caso que nos ocupa, el motivo central de la película es una mezcla de machismo, honor mal entendido y deseo ciego de venganza de Julián Moscote, que sólo se podrá materializar con la muerte -mediante duelo- de Juan Sáyago, asesino de su padre.  De hecho el duelo, según afirma Elizabeth Frenzel (Diccionario de motivos de la literatura universal), fue considerado durante mucho tiempo como el medio más prestigioso de eliminar ofensas. Su misión consistía, anota Frenzel, no tanto en el castigo de los delitos –recordemos que Juan Sáyago ya había pagado su delito con dieciocho años de cárcel- cuanto en la expiación de la ofensa como única vía para una posible reconciliación.  

La película “Tiempo de morir”, tanto en su primera versión de 1965 (la del mexicano Arturo Ripstein), como en la versión colombiana de Jorge Alí Triana (1985), está cundida de frases lapidarias que, lejos de restarle mérito, constituyen uno de sus encantos.  No hay que olvidar que guión y diálogos fueron escritos por dos gigantes de la literatura contemporánea. Acá algunas frases que me conmovieron:

“Tienes tanto miedo de matar que lo vas a matar de puro miedo...”
“Un muerto pesa mucho”
"Yo no vine en plan de pelea, yo nomás vine"
"Por más caro que sea un hombre, no puede costar más que eso"

Y, cómo no, al igual que una película de pistoleros en el lejano oeste norteamericano, “Tiempo de morir” culmina con un plano americano que detalla el duelo mortal entre el impetuoso Julián Moscote (Sebastián Ospina) y el prudente Juan Sáyago (Gustavo Angarita), que, ante el acoso interminable de aquel, se ve en la encrucijada de matar o morir.

Ahora bien, en gracia de discusión, como dicen los letrados, si me fuera dado realizar una tercera versión intemporal de “Tiempo de morir” en el más puro formato western, la rodaría en un desfiladero de Arizona con el siguiente reparto en sus mejores épocas:

Juan Sáyago: Clint Eastwood
Julián Moscote: Mel Gibson
Mariana (la eterna novia de Juan Sáyago): Sofía Loren
Música: Ennio Morricone

La historia de García Márquez es, en todo caso, extraordinaria, y para reafirmar mi gusto por el western, tendría que agregar en su defensa el siguiente argumento de Borges: "Creo que en la actualidad, cuando los literatos parecen descuidar sus deberes épicos, son los westerns los que, por extraño que parezca, han rescatado la épica..." (The Paris Review, 1967).

lunes, 20 de abril de 2015

El Cementerio Central de Bogotá: necrópolis a escala social



(Fotos de H. Darío Gómez A.)


“Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”.
Epitafio de Molière.



“Perdonen que no me levante a saludar.”

Epitafio en la tumba de Groucho Marx



Se puede tener una buena lápida como se tiene un buen traje. Pero mejor aún si se tiene una cripta o un monumento familiar con una escultura de Tenerani o de Sighinolfi. Eso da estatus. En el Cementerio Central se repite, pues, la veleidad de los vivos que, después de muertos, quieren conservar sus privilegios. En el centro de la elipse -el cementerio está construido en forma elíptica-, más cerca de la capilla y por ende más próximos al paraíso, se encuentran los lujosos mausoleos construidos en mármol de Carrara, piedra tallada y ornamentación, que parecen los más convenientes para los fieles difuntos de estrato seis. También descansan allí los huesos de nuestros próceres y ex presidentes, de notables e industriales, en fin, de la gente ilustre de la ciudad o según dicen algunos, de la gente “bien”, como si no hubiera en Bogotá tanto ciudadano bueno aunque escaso de dinero y apellidos.

A veces, de puro desocupado me da por leer las inscripciones de los monumentos fúnebres, y me parece que estuviera ojeando la página social de una revista del corazón. Encuentro Pizanos y LLeras, Dávilas y Koppel, Michelsen y Portocarreros, Pombos y De Narvaez, Valenzuelas y McAllister, muy pocos Gómez, entre ellos Laureano Gómez, no faltaría más. Y no es que nos muramos menos los Gómez, sino que en el Cementerio Central los de ese apellido están un poco más lejos del paraíso, como quien dice, en los círculos del purgatorio de Dante adonde se llega por la soberbia o por los males de amor que hacen ver recto el camino torcido y, claro está, por el exiguo presupuesto que más se aviene a su condición de almas vergonzantes en tránsito a la eternidad.

Más allá, en los márgenes, aunque también podría decir sin temor a equivocarme, en “el más allá”, están los otros, los de inferior estrato social. Allí es común encontrar mausoleos colectivos y democráticos. Me refiero, por ejemplo, al edificio funerario del sindicato de barrenderos y trabajadores de la Ciudad, cuya sobria dignidad nos da una lección de pulcritud en el oficio y en el alma. También están por esos lares, es decir, hacia la entrada occidental del cementerio, los sepulcros sindicalizados de los trabajadores ferroviarios, los proyeccionistas de las salas de cine, los vendedores de lotería, los voceadores de prensa, los panaderos, los maestros de obra y aun de los matarifes. Cosas así nos enseñan que el mutualismo y la solidaridad no sólo convienen en vida, sino que también contribuyen al “mejor estar” eterno, sin necesidad de contratar onerosos servicios de asistencia integral prepagada que van de la cuna al sepulcro.

Aun más allá -sigo con el juego de palabras-, porque hay un más allá, al menos en el Cementerio Central, en otro solar hacia el occidente separado por la carrera diecinueve, están los columbarios con sus nichos vacíos donde alguna vez fueron inhumados los menos afortunados en vida, y donde hubo fosas comunes para enterrar a las víctimas del 9 de abril de 1.948, que fueron muertas a punta de cachiporrazos, puñaladas, machetazos, fusilamientos y tiros de gracia.


Y para que nadie olvide que la vida de todos tiene valor, a despecho del poeta que dijo: “no somos nada”, un alcalde mandó escribir en lo alto de las galerías de la antigua necrópolis de la calle veintiseis, varios letreros en pintura negra, que dicen: “LA VIDA ES SAGRADA”. Amén.

Enhorabuena el Centro Nacional de Memoria Histórica ha erigido en ese predio el Monumento -y pronto Museo- Nacional de la Memoria, para no olvidar a las víctimas de nuestra violencia inveterada, en este país de desmemoriados. Nuevamente, amén.

miércoles, 15 de abril de 2015

Dígale que yo la quiero, que qué buena hembra

(Mujer con sombrilla, escultura de Botero, Museo de Antioquia, Medellín. Foto de H. Darío Gómez A.)

La guerra no es sólo una sucesión de actos absurdos motivados por intereses mezquinos y alimentada con la carne de cañón de los desposeídos, sino que además cuenta con un agujero negro que se traga la poca humanidad que les resta a sus actores. Pero a veces algo queda. De suerte que en medio del horror hasta los más duros combatientes se llevan al sepulcro, como único bien cosechado en este mundo, el recuerdo de una caricia a título precario, la sensación de un roce de piel transado de antemano, el perfume barato de la “damisela” untado al pellejo.

Más allá de la barbarie, la devastación, el abuso sexual, la violencia de género (las mujeres son consideradas como botín de guerra), el reclutamiento forzado de jóvenes y menores de edad para  prestar servicios sexuales a los alzados en armas, en fin, de la estadística y la desesperanza, a veces surge en las entrañas del guerrero el amor o algo parecido, pues tal lujo burgués pesa más que la munición en el morral de campaña, y no conviene dejarlo pelechar en el monte.

En un interesante artículo de Mauricio Rubio (El Espectador, septiembre 27 de 2012) sobre las relaciones sexuales de los combatientes en medio del conflicto, el autor cita unas cifras de la Fundación Ideas para la Paz.  Y he aquí que entre la maraña de porcentajes e indicadores sociológicos, se destacan las declaraciones de algunos protagonistas de la problemática objeto del estudio, que me conmovieron por  la extraña ternura que subyace tras su crudeza:


Una damisela del conflicto, la geisha paisita, tiene su teoría sobre por qué en los grupos armados siempre hay clientela fija: “los combatientes también necesitan el aliciente del amor para pelear con valentía”.

Antes de morir ajusticiado un guerrillero le manda saludes a Rocío. "¿Es la puta gorda de San Vicente?" le preguntan. "Sí, esa. Ella me gusta… Mejor dicho, dígale que yo la quiero, que qué buena hembra".

La postrera voluntad del guerrillero ajusticiado por sus camaradas, que acaso fue reclutado desde la niñez y nunca conoció el afecto, me recuerda el poema de Ciro Mendía -extraordinario poeta antioqueño-, que reza:

Dígale a Ema Arboleda,
De la calle de Lovaina*,
Que esta vida es una vaina
Y su carne fue de seda
(*Antigua calle de Medellín, famosa por su zona de tolerancia.)

No le falta razón a la geisha paisita en el sentido de que hace falta algo de amor para afrontar el absurdo. Y ojalá que alguien le haya entregado a Rocío las saludes del ajusticiado. 

¡Esta vida es una vaina!, como dice el poeta.

lunes, 13 de abril de 2015

El precio de la boleta: ¿una barrera de acceso a la Feria del Libro?

"También en las artes y las letras el industrial desalojó al artesano"
Nicolás Gómez Dávila

El próximo  21 de abril de 2015 se iniciará  la vigésima octava versión de la Feria del Libro de Bogotá, un importante evento que es para la cultura del libro contemporáneo, guardadas proporciones, lo que La Divina Comedia de Dante es para vislumbrar el pensamiento de la Edad Media. Consiste en una estupenda oportunidad, ya no digamos para el encuentro de escritores y editores con el gran público, sino también para el deleite del ciudadano de a pie que cuenta con este espacio estelar para acercarse al libro que le es tan esquivo en otras épocas del año, ora por desinterés, ora por falta de tiempo o de dinero (sobran excusas para no leer). Lo cierto es que si bien la afluencia de público ha sido masiva históricamente, hecho que se ha visto reflejado en el éxito de las ventas, también lo es que muchos asistentes no pueden adquirir libros durante la feria por sus precios elevados, sumados, como no, al costo de las entradas. Se me dirá que siete mil pesos (valor de la boleta) no son gran cosa, pero si uno multiplica esa cifra por cinco (tamaño promedio de una familia), resulta una suma representativa para muchos bogotanos de escasos recursos. En nuestro Sistema de Seguridad Social en Salud, que es el que más conozco, se ha acuñado el término, “barrera de acceso financiera”, para significar que la cuota moderadora, por barata que sea, puede llegar a impedir el acceso a la atención médica de la población más vulnerable, en contra vía de la política pública de fomento de la salud, o de la lectura para el caso que nos ocupa. 


Con lo anterior no quiero decir que la entrada deba ser gratuita (sería inmanejable el evento en Corferias), sino que el valor de la boleta podría ser más democrático: pongamos por caso, de tres mil pesos por adulto y dos mil pesos por niño, que es más o menos, al cambio oficial, lo que cobra la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.  De igual forma, considero que los asistentes al evento podrían recibir más por el precio de la boleta que pagan. Yo recuerdo que hace veinte años, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, los patrocinadores del evento eran generosos y realizaban en las  tarimas del recinto ferial varios conciertos con artistas famosos de los países invitados, y las editoriales otorgaban a los asistentes precios de feria mucho más favorables que los de vitrina en las librerías de la ciudad. Pero ya no. Conozco varios lectores que han dejado de acudir a la Feria del Libro porque encuentran en las librerías tradicionales de Bogotá todas las novedades de feria a precios inclusive menores que en el evento en cuestión. Y sin pagar siete mil pesos de más (amén de taxis y refrigerios) ni padecer las multitudes.


En fin, es una idea disparatada e insustancial de un peatón amante de los libros, que ni quita ni pone. Mas, es lo cierto que hay en la calle una sensación, cada vez más generalizada, de que los patrocinadores, organizadores  y expositores de la Feria Internacional del Libro de Bogotá se están anquilosando por la fama, volviéndose cada vez más avaros y menos creativos.  No sólo lo digo yo, también “me lo dijo Adela”.

martes, 7 de abril de 2015

Se murió el papá Noel de los colombianos

(Foto de La silla vacía)

Pero nos dejó de regalo su legado 

“Yo había puesto en mi pecho un letrero que decía: cerrado por demolición. Y aquí me tiene usted pintando las paredes y abriendo las ventanas” 
C. Pellicer


Carlos Gaviria Díaz, o papá Noel, como le decían candorosamente mis hijos, hizo con su ejemplo de vida una cosa muy rara aquí en Colombia: nos recordó que todavía existe en el sector público gente sabia, decente, leal, metódica y coherente. ¿Quién no puede decir que este San Nicolás laico y librepensador (porque a decir verdad era igualito a papá Noel), nos hizo el milagro de devolvernos  la esperanza en la probidad de las instituciones? La justicia social fue, sin duda, la preocupación más urgente del maestro Gaviria Díaz. Y quizá había otra coincidencia de Gaviria Díaz con San Nicolás de Bari, (aparte del parecido físico que ponen de presente mis hijos), en su opción de vida a favor de los desvalidos. Son memorables sus ideas democráticas y filosóficas enmarcadas en el concepto de Estado Social de Derecho, ya desde la cátedra, ya inmersas en sus sabias sentencias, ya en su legado político valiosísimo. 

No en vano, como lo cuentan sus propios hijos en el  homenaje de El Espectador, ellos le decían “el papá”, palabra que involucra el respeto y cariño que sólo se puede profesar por un patriarca sabedor. Si fuera viable clasificar a un hombre por sus pensamientos, en todo caso no cabría, a mi juicio, en la casilla de la izquierda, a veces dogmática y excluyente. El maestro Gaviria Díaz era un espíritu libérrimo. Acaso creía como Bertrand Russell, el gran filósofo inglés, que parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas. Mejor dicho, estamos en manos de un puñado de irresponsables.

Mas, es lo cierto que se murió en semana santa el papá Noel laico y sabio de los colombianos, y sólo nos queda la responsabilidad histórica de seguir su senda, pero sobre todo, ocurre agradecer su legado, remachado con los clavos dorados del ejemplo. Uno hubiera esperado más expresiones de reconocimiento y gratitud por parte de los medios, pero al fin y al cabo, ya lo decía José Martí: “La gratitud, como ciertas flores, no se da en la altura y mejor reverdece en la tierra buena de los humildes”

Hasta siempre, maestro Gaviria Díaz.