Portafolio

En este blog encontratás los portafolios de las organizaciones conformadas por ciudadanos activos y participativos que realizan su labor de gestores y actores culturales en la ciudad de Bogotá, Colombia.

martes, 29 de septiembre de 2026

Elogio del peatón

Por: H. Darío Gómez A.

2010

“Cada individuo tiene su ritmo para caminar, para trabajar y para amar….. Por el ritmo podrían clasificarse los hombres…”

Fernando González, “Viaje a pie”.

El peatón es un corazón con patas. Y lo de corazón se dice en sus dos acepciones: fisiológica y lírica; esto es, músculo cardíaco y motor del alma. Lo cierto es que para caminar provechosamente es necesario tener un estado físico aceptable y el alma dispuesta a la reflexión. Si no es así, es decir, si no se camina por gusto sino por necesidad, el individuo deja de ser peatón para convertirse en un pelagatos sin automóvil (pecado venial en nuestra sociedad arribista), o lo que es peor, en un paria sin dinero ni para un pasaje de bus; en fin, un patirajado. No sé si aplico a alguna de las tres condiciones mencionadas: peatón, pelagatos y paria patirrajado; pero las dos últimas dejaron de importarme hace más de un rato. De modo que disfruto con la primera condición, que me brinda el placer de caminar. 

El maestro Fernando González, mentor espiritual de los “Nadaistas”, se consideraba filósofo aficionado cuando emprendió su “Viaje a Pié” en compañía de Don Benjamín Correa. Sin embargo el morador de “Otraparte” fue, a mi modo de ver, un extraordinario filósofo (irreverente) de lo cotidiano que escribió piezas magistrales de pensamiento criollo. Por mi parte yo jamás llegaré a ser ni siquiera filósofo aficionado; no faltaba más, eso sería muy pretencioso. Aun así, desde la fundación de la escuela Peripatética de Aristóteles mucho se ha especulado sobre la íntima relación que existe entre pensar y caminar, luego no tiene sentido insistir en el asunto. Sin embargo, el hecho de caminar por la vía pública me ha enseñado a pensar filosóficamente pese a que, a diferencia del maestro González, a mi me toca esquivar los vehículos para salvar la vida mientras me cuestiono el sentido de la existencia; en tanto que él pudo gozar de un ámbito bucólico, más propicio para la reflexión, durante sus caminatas filosóficas. 

El peatón, en cuanto observador es, a su manera, un anacoreta contemplativo, un estilita(*) encaramado sobre el andén. Y he aquí que puedo desarrollar una hipótesis sobre la diferencia entre el viajero (así sea de a pie) y el peatón desde el punto de vista metafísico: el primero es más universal y profundo; comprende lo rural y lo urbano, lo divino y lo humano. No en balde los grandes viajeros como Marco Polo lograron transmitirnos magistralmente su visión de universos desconocidos. En cambio el peatón es más pedestre, más vulgar, más llano. Su campo de acción se limita a la ciudad. Es el poeta de las situaciones que, por comunes, pasan desapercibidas. Es el cronista de los objetos modestos y de las cosas más materiales y diarias. Aprovechando estas virtudes menores, el peatón, con su pata al piso utiliza sus caminatas para descubrir los secretos de la ciudad y se reconoce en ella a través de sus calles, sus edificios, sus avenidas y sus barrios que evocan los recuerdos de la infancia, del amor, del pecado, de la dicha y de la tristeza. 

No alcanza el producto de estas reflexiones ciudadanas para escribir mamotretos filosóficos, pero tampoco se corre el riesgo de que los escritos inspirados en las divagaciones del peatón resulten condenados, bajo pecado mortal por algún obispo, como le pasó al maestro Fernando González con su “Viaje a pie”. Además, el peatón siempre tiene algo que contar a sus seres queridos cuando llega al hogar y, salvo algún inesperado accidente de tránsito o una enfermedad respiratoria causada por el esmog, el ciudadano de a pié aleja de su vida al médico y al siquiatra por algunos años, lo cual conlleva enormes beneficios para el bolsillo y para el alma.

(*)Seguidor de San Simeón el Estilita. Este santo del siglo V pasó los últimos 37 años de su vida encaramado en una columna (stilos en griego) de 17 metros de altura, dedicado a la oración y a la penitencia. Sobra decir que su comparación con mi peatón resulta claramente herética.

Ahora bien, si nos atrevimos a cometer un "elogio del peatón", bien vale la pena sentar de una vez por todas nuestra declaración de principios con el siguiente

DECÁLOGO DEL PEATÓN

1. Este decálogo nunca será de forzoso cumplimiento. Prevalecerá siempre el sentido común del peatón.
2. Nadie estará obligado a seguir nuestra causa improbable, nuestras rutas aleatorias que conducen al reino del azar.
3. La ciudad entera es el ágora del peatón. Sus calles, semejantes a las venas de un desahuciado, son su espacio vital aunque suene paradójico.
4. Creer firmemente en la capacidad del ciudadano de a pie para sacar sus propias conclusiones.
5. El peatón no es tan estúpido como parece. Es capaz de encontrar caminos si sabe mirar, si escucha con atención y respeto la música olvidada de la sabiduría popular.
6. Es posible caminar sin creer que todo está perdido, equivocado o podrido. Hay todavía muchas cosas rescatables, existen aún principios que deben ser defendidos y mantenidos, ciertas flores silvestres que no conviene cortar, tales como la decencia, la empatía y la solidaridad.
7. Advertir a los peatones que vienen atrás sobre los escollos, sobre las trampas a flor de camino para que no se dejen engañar.
8. El peatón deberá caminar ligero de carga. Suficiente peso lleva con su matalotaje de angustias y esperanzas.
9. El buen humor, la sencillez y a veces el silencio, son más conmovedores y eficaces que la grandilocuencia y la circunspección.
10. El peatón no peleará jamás contra los automóviles. Siempre saldrá perdiendo a costa de su cuerpo (frágil carrocería), aunque le asista la razón. En Bogotá no sirve de mucho tener el derecho a la vía, menos aún estando bajo las ruedas de un autobus. Por simple cuestión de supervivencia deberá prevalecer, como en el primer "mandamiento", el sentido común del peatón.

viernes, 21 de agosto de 2026

Perdido en Florián (*)

Soneto 


Por: Héctor Darío Gómez Ahumada



                                         (Poeta anónimo de feria. FILBO, foto de H. Darío Gómez A,)


Caminando por la calle Florián (*) ,
sin darme cuenta me encontré perdido.
A preguntar me asomé a un bar florido,
cómo llegar a casa sin afán.

Una doncella me salió al zaguán,
henchidos sus pechos a mi pedido;
me dijo, señor, si usted se ha perdido,
hace un rato yo me perdí en Florián.

Flor perfumada que perdió su brillo,
en la mitad de la noche ruidosa.
Quiso el albur fuera mi lazarillo

esa muchacha, dulce, vanidosa.
Ya no me afana llegar al castillo,
mejor su compañía peligrosa.


(*) La Calle de Florián, en Bogotá (Cra. 8 entre calles 11 y 12, donde hoy está el palacio de justicia),  era en los años cuarenta del siglo pasado una calle de dudosa reputación, donde merodeaban maleantes de poca monta y mujeres de vida “galante”.  Sobre el tema en cuestión, algún poeta de ocasión escribió unos versos que recitaba mi padre, pero que infortunadamente nunca pude aprender.  De modo que ante la impotencia de mi memoria, me atreví a escribir un soneto sobre el tema de marras, totalmente reinventado a partir de un vago recuerdo.  El soneto, si algún mérito tiene, cumple al menos con la métrica que mandan los cánones, es decir, está compuesto por versos endecasílabos en cuatro estrofas (dos cuartetos y dos tercetos) que riman el primer verso con el último de cada estrofa.  ¡Ah, caramba!

El ejercicio "poético" sólo vale como una forma particular de rendir tributo a la memoria de mi padre.
 

sábado, 8 de agosto de 2026

Décima del guayabo electoral

 Por: H. Darío Gómez A.


Décima del guayabo electoral

No siempre el que tose duro

equivale al que ya esputa,

igual que el ladrón que escruta

roba el voto tras el muro.

Mas, obra muy mal, lo juro,

quien da por odio su voto;

pronto llevará del joto

tan solo por un tamal.

Nos queda llorar el mal,

tal vez rascarnos el coto.

lunes, 13 de julio de 2026

Décima del petardo


Por: H. Darío Gómez A.

Pletórico de arrogancia
e inflamado como ampolla
a la luz de la bombilla
se trasluce su ignorancia.
Su atuendo viene de Francia
y es muñeco de cartón,
de la muestra es un botón
de la infame satrapía.
Más hoy el pueblo desconfía
del papagayo frentón.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Décima de la resignación

 “Aquesto dixo el ebrio una vegada, aquesto dixo con su voz cansada, aquesto dixo por la madrugada. Yo dello non sé nada”. León de Greiff

Décima de la resignación
Por: H. Darío Gómez A.
Hoy ya no quiero salvar
a este mundo desdeñoso,
que el maligno poderoso
no se cansa de dañar.
Es tiempo de renunciar
a nuestra causa improbable,
que sea el tiempo quien hable
sus razones con honor;
que me juzgue con rigor
por una omisión culpable.

H. Darío Gómez A.

sábado, 13 de septiembre de 2025

El galerón llanero, patrimonio cultural de la humanidad

 En buena hora Unesco declaró los cantos de vaquería de los llanos de Venezuela y Colombia como patrimonio inmaterial de la humanidad. El galerón llanero, que recoge en hermosos versos las rimas consonantes que terminan con la sílaba “ao” tiene, como afirmaba el maestro Guillermo Abadía Morales, la función de arrullar al ganado mientras es conducido por los vaqueros a través de las extensas llanuras cruzadas  por el Arauca, el Meta y el Orinoco, que no son ríos Venezolanos ni Colombianos sino llaneros. Porque la frontera en esa inmensidad es una convención inexistente.  Es una seguidilla de puntos y rayas en la abstracción de un mapa, innecesaria por demás para los bravos vaqueros que arrean ganado a uno y otro lado sin importar su nacionalidad.


Hay un hermoso galerón, de autor desconocido (colombiano o venezolano, lo mismo da) como corresponde consecuentemente con el entorno descrito, que tiene versiones diferentes a lo largo de   la llanura colombo-venezolana.  Se trata del canto denominado “En los llanos del setenta”, cuyos versos retratan de manera fiel la bravura del vaquero durante sus jornadas arriando ganado.  Por su extensión  me limito a transcribir de memoria los versos que aprendí  desde pequeño, acaso porque el disparate y la exageración que nos hacen reír son más elocuentes en la mente de un niño que la prosa aburrida y trascendente. El curioso lector sabrá perdonar alguna omisión o error de la memoria que, en todo caso, como dijera Borges, es una secreta corrección.

En los llanos del setenta
(Galerón llanero, fragmento)
“(…)Yo le dije al mayordomo
que me tenía contratao:
écheme ese toro ajuera
del espinazo bragao
hijo de la vaca mora 
y el toro rabipelao
pa sacarle aquí una suerte
con esta señora al lao.
Al animal me le abrí
con el trapo desdoblao;
le saqué cuarenta lances
y lo dejé arrodillao (...)
Y el mayordomo me dijo:
Usté ya vendrá almorzao;
yo le dije al mayordomo:
Apenas desayunao:
Cuatro platos de cuchuco
Un almú de maíz tostao,
Tres tazas de güevos tibios
 una ración de pescao,
Tres costillas de marrano
Y una totuma e´cacao.
Si me lo dan lo trago
Y si no, aguanto callao,
Me llaman el cuarenta muelas
Y a nadien las he mostrao
Y si las llegare a mostrar
Juera el sol clisao,
la luna chorriando sangre
y el mundo todo trocao:
las nubes echando chispas,
los cerros envolcanaos,
las lagunas de parriba
y los ríos evaporaos,
los astros todos regüeltos
y el mesmo Dios asustao
(…)"
Y estos son los versos que me vinieron a la memoria justo ahora que Unesco, en buena hora, declaró los cantos de vaquería de los llanos colombo-venezolanos como patrimonio inmaterial de la humanidad

jueves, 4 de septiembre de 2025

Patescaut, fanzine irreverente, artístico y cultural

Cumplimos seis años de existencia contra todo pronóstico.

A continuación transcribo el editorial del número uno aparecido en el mes de agosto de 2019.
Editorial
Patescaut es una curiosa palabra que evoca la infancia de quienes fuimos críos en la Bogotá de los años setenta del siglo pasado; no figura en el diccionario ni siquiera como un colombianismo,y acaso esté condenada a desaparecer cuando muera el último de aquellos niños o desaparezca la única sobreviviente de esas niñas setenteras. Pero mientras eso sucede, la palabra en cuestión es como un santo y seña que alguien suelta al desgaire en una conversación, y cuando el interlocutor la escucha, se produce un reconocimiento, una complicidad entre pares. Porque Patescaut es eso, complicidad. Mas, ¿cómo definir de manera concreta dicha palabra? Sin pretender emular a doña María Moliner (ni más faltaba), podríamos arriesgar la siguiente definición: acción de entrelazar alguien los dedos de sus manos con las palmas hacia arriba para que otra persona ponga su pie sobre ellas, empujándola, para ayudarla a subir.
Patescaut sirve, entonces, para trepar a una amiga al árbol del parque y así alcanzar las cerezas o para robar curubas venciendo la tapia del jardín vecino. También es útil para catapultar al camarada sobre el enrejado y recuperar el balón perdido en los extramuros del colegio, sirve en fin, para llegar juntos a otro nivel. Siendo así las cosas, es decir, habiéndonos asociado de manera cómplice, insolente y creativa, cómo no, para describir, fotografiar, opinar y plasmar a través del arte a nuestra ciudad amada, ¿qué otro nombre podríamos haberle puesto al fanzine?
De modo que con Patescaut saltaremos el muro de la gravedad y la trascendencia para escaparnos del destino que a veces se burla de las personas que se toman la vida muy en serio, y nos asomaremos al otro lado para apreciar, encaramados en el borde de un seto sabanero, lo bueno, lo malo, lo bello y lo feo de nuestra cotidianidad.

sábado, 25 de enero de 2025

 Por: H. Darío Gómez A. 

Ya sea en el Níger que atraviesa Guinea, o en el Congo que encuentra el océano Atlántico al occidente de África, de donde partió para enriquecer nuestra América con su simiente, el negro siempre le ha cantado río. Parece que intuyera con Hesíodo, que para atravesar sus aguas hay que dirigirle una plegaria “con los ojos fijos en sus espléndidas corrientes”, para obtener su generosidad y benevolencia, pero también para aplacar su ira. Y así le canta el negro a los ríos de América, desde Mississippi, pasando por el Caribe, hasta el Paraná, en el sur del continente. 

Siempre me llamó la atención, al leer poesía negra (¡ay! las clasificaciones), la íntima relación del poeta con el río. Para confirmar lo dicho, me remito a una prueba lírica, esta del norteamericano Langston Hughes: 

El negro habla de los ríos. 

“Yo he conocido ríos: he conocido ríos tan antiguos como el mundo

 y más viejos que el flujo de la sangre humana en las venas humanas. 

Mi alma ha crecido profunda como los ríos. 

Me bañé en el Eufrates cuando eran jóvenes los amaneceres. 

Construí mi cabaña cerca del Congo, y el río arrulló mi sueño. 

Miré el Nilo y levanté mis pirámides sobre él. 

Escuché el canto del Mississippi cuando Abe Lincoln bajó a Nueva Orleans, 

y he visto su seno enlodado, volverse todo oro en el crepúsculo. 

He conocido ríos: ríos antiguos, oscuros. 

Mi alma ha crecido profunda como los ríos”. 

 

El poeta tiene una memoria atávica que evoca los ríos africanos así esté en Luisiana, Georgia o Alabama. Pero el río arrastra en su corriente todo el bien y todo el mal: la vida y la muerte. Así lo recuerda el poeta cubano Nicolás Guillén en su elegía a Emmett Till, un niño negro de 14 años raptado por un grupo de blancos armados, cuyo cuerpo mutilado fue botado al río Mississippi: 

 

“En Norteamérica, la Rosa de los Vientos tiene el pétalo sur rojo de sangre. 

El Mississippi pasa ¡oh viejo río hermano de los negros! 

con las venas abiertas en el agua, el Mississippi cuando pasa. 

Suspira su ancho pecho y en su guitarra bárbara, 

el Mississippi cuando pasa llora con duras lágrimas”. 

 

No puede uno menos de evocar con tristeza la sangre inocente que ha corrido por nuestro río Cauca, en Colombia. El río es, pues, confidente, recoge las lágrimas pero también la rabia del poeta que denuncia la esclavitud, el despojo, en fin, la injusticia. Y continúa Nicolás Guillén: 

 


“Pero yo sé que el Plata, 

pero yo sé que el Amazonas baña;

pero yo sé que el Mississippi,

pero yo sé que el Magdalena baña;

yo sé que el Almendares,

pero yo sé que el San Lorenzo baña;

yo sé que el Orinoco, 

pero yo sé que bañan

tierras de amargo limo donde mi voz florece (…) 

y lentos bosques  presos en sangrientas raíces.

¡Bebo en tu copa, América, 

en tu boca de estaño, 

anchos ríos de lágrimas!”

 

El poeta nacional de las negritudes, Candelario Obeso, ya en el siglo antepasado cantaba con la voz del “Boga ausente” ese desasosiego del pescador que rema sin esperanza. 

 

“¡Qué trijte que ejtá la noche! 

¡La noche qué trijte ejtá! 

No hay en er cielo un ejteya... ¡Remá, remá!

¡Qué ejcura que ejtá la noche!

¡La noche que ejcura ejtá! 

Asina ejcura ej la ausencia... ¡Bogá, bogá!” 

 

Y asimismo, el poeta Agostinho Neto, nacido en Angola hace un siglo, denuncia la esclavitud inveterada en “El llanto de África: 

 

“El llanto de siglos creado en la esclavitud (…)

El llanto de África es un síntoma 

En las corrientes de los ríos

o en el sosiego de los lagos (…)” 

 

Como sea, el río es, a manera de cordón umbilical, el lazo que une al poeta con su origen. Si se sabe escuchar, se puede identificar en la corriente el llamado atávico de la selva en su belleza exuberante o acaso en su terrible crueldad.


viernes, 20 de enero de 2023

Apósitos de ternura (II)

 



Por: H. Darío Gómez A.

Una señora, vecina de mi vereda, pasa todos los días bajo una acacia roja ubicada al lado del camino, y se queda un rato bajo su sombra para esperar que las vainas que cuelgan de sus ramas generosas revienten para recoger las semillas, semejantes a monedas vegetales, con la esperanza de sembrarlas para que un día germinen las plántulas de futuros árboles que cubrirán de flores furiosamente rojas su jardín durante el verano. Quizá no le alcance la vida para ver el milagro, pero la ilusión es lo que cuenta.

Una amiga comunicadora social, por buen nombre Carolina, hace registros fotográficos de los objetos más pequeños, humildes y aparentemente anodinos durante sus caminatas diarias con Ramón, su perro con nombre de paisano. Su ojo avizor no deja escapar nada oculto a los ojos de los demás mortales: un capuchón de uchuva, una moneda de cincuenta pesos sobre la acera que alguien perdió y acaso le faltó para completar el pasaje del bus, o la llave extraviada en el antejardín por algún inquilino que se quedó por fuera de su habitación, en fin, una diminuta mariquita o el primer plano de las gotas de agua que agonizan en la hierba del amanecer soleado. Su mirada es como la de un rabdomante de las cosas pequeñas que, dejándose guiar por el solo instrumento de su sensibilidad, sabe detectar la belleza que cunde en el entorno invisible para la mayoría. Las hermosas imágenes que nos propone Carolina nos recuerdan que la fotografía es, como dice Susan Sontag, un modo de mirar, no la mirada misma; es decir, una mirada con sensibilidad.

Así como el emprendedor optimista se dice a sí mismo que “la plata está ahí y es cosa de salir a buscarla”, podemos decir que la belleza está ahí y toca estar con los sentidos bien dispuestos para encontrarla. Cosa de todos los días. 

jueves, 29 de septiembre de 2022

En el culebrón de la reforma a la salud, como en cualquier telenovela turca, hay un incomprendido: el modelo




Por: H. Darío Gómez Ahumada

Todo el mundo habla bien o mal del actual modelo de salud, pero muy pocos lo conocen, tal como le pasa a la candorosa protagonista de cualquier culebrón, que es injustamente incomprendida, y lo más grave, campea la ignorancia supina de muchos de los actores que lo dirigen, administran y supervisan. El Sistema General de Seguridad Social en Salud colombiano (Ley 100 de 1993) cumplió este año 28 años desde su entrada en vigor, el 1 de abril de 1994. El sistema en cuestión se fincó en un modelo denominado “pluralismo estructurado”, que organiza a los agentes involucrados (agencias estatales, aportantes, aseguradoras, prestadores, pacientes y proveedores de medicamentos e insumos) en cuatro núcleos interdependientes, habida consideración de sus funciones, a saber: regulación, financiación, articulación y prestación del servicio. A las EPS, en tanto aseguradoras, se les asignó en virtud de la ley la función importantísima de articular las funciones de los demás  agentes, para garantizar el acceso de los habitantes del territorio nacional a los servicios de salud con calidad y oportunidad. Siendo así las cosas, en teoría (la realidad es lamentable) las EPS son el eje del modelo, y el aseguramiento el mecanismo técnico, financiero y jurídico de que disponen para llevar a cabo tan importante función. Sin embargo, sólo hasta el año 2007 con la expedición de la ley 1122, se definió claramente qué se entiende por aseguramiento en salud y cómo deben aplicarlo las EPS. Por supuesto ese vació normativo de 13 años permitió que muchas de esas aseguradoras (más de 200) se quedaran con los recursos de la salud o les dieran destinación ilegal, ante la impasividad e impotencia de los organismos de supervisión  que tampoco tenían a la sazón suficientes herramientas técnicas y legales para actuar. Tal situación llevó a la Contraloría General de la República a afirmar en ese momento lo que era un secreto a voces, esto es, que las EPS son meras intermediarias que no agregan valor y antes bien, se quedan con los recursos del aseguramiento en salud. Sin embargo, a pesar de las nuevas herramientas de supervisión institucional con que dotó la Ley 1122 de 2007 a la Supersalud, muchas EPS continuaron desvirtuando su labor de articulación, pretendiendo obtener mejores resultados financieros no a través de la gestión del riesgo en salud (que pasa por la prevencion), sino mediante la negación sutil o manifiesta de servicios a sus usuarios y la aplicación de glosas impertinentes a las facturas de sus prestadores de salud, adquiriendo así algunas EPS merecida fama de malos pagadores (a 31 de marzo de 2022 les debían a los prestadores cerca de 18 billones de pesos). De las más de 200 EPS que había hace 20 años hoy quedan unas 30, de las cuales la mitad está en vigilancia especial y en capilla para ser liquidadas por no cumplir con su objeto legal. Es decir, por malas. 

Ante el anuncio del gobierno de radicar un proyecto de reforma al Sistema de salud, y desde la ignorancia, muchos gremios y opinadores de ocasión se rasgan las vestiduras por la posible desaparición de las EPS y con ellas, el principal agente articulador del modelo, que garantiza la financiación (pago a las IPS) y prestación del servicio de salud (acceso). Pero olvidan o desconocen, que ya desde el año 2011 (con la Ley 1438) y por la demora mezquina de las EPS en el pago a los prestadores de salud, se autorizó el giro directo del FOSYGA (hoy administrado por el ADRES) a los prestadores, y además se autorizó la creación de Redes Integradas de Prestadores de Servicios de Salud (RIPSS), para facilitar el acceso a los servicios de salud y su continuidad, aún a pesar de las barreras de acceso administrativas que imponen las EPS. De igual forma, mediante la ley 1753 de 2015 se creó el denominado “Banco de la Salud”, el ADRES, que garantiza  y agiliza el flujo de los recursos de la salud a los agentes prestadores, aún a pesar de las trabas (glosas no pertinentes) impuestas por las EPS para el pago a sus proveedores de servicios. 

Sea como fuere, el modelo ha venido operando aún a pesar de muchas EPS, y la realidad de su funcionamiento ha obligado a la creación legal de instancias y procesos que suplen sus deficiencias, de manera que su desaparición como tales no sería tan catastrófica como prefiguran los titulares irresponsables, ignorantes y amarillistas de la revista SEMANA, que, dicho sea de paso, generan pánico en el sector. Desde luego no se puede caer en la trampa de la generalización, pues hay algunas EPS buenas (no más de 15), que cumplen su función de articulación y aseguramiento conforme a la ley. Ellas merecen ser tenidas en cuenta en un proyecto de reforma participativo. No conozco a fondo el primer borrador del proyecto del gobierno nacional, pero participaré activamente como ciudadano de a pie en los debates, con espíritu crítico, una vez se formalicen las jornadas de socialización y debate público.