Portafolio

En este blog encontratás los portafolios de las organizaciones conformadas por ciudadanos activos y participativos que realizan su labor de gestores y actores culturales en la ciudad de Bogotá, Colombia.

martes, 29 de septiembre de 2026

Elogio del peatón

Por: H. Darío Gómez A.

2010

“Cada individuo tiene su ritmo para caminar, para trabajar y para amar….. Por el ritmo podrían clasificarse los hombres…”

Fernando González, “Viaje a pie”.

El peatón es un corazón con patas. Y lo de corazón se dice en sus dos acepciones: fisiológica y lírica; esto es, músculo cardíaco y motor del alma. Lo cierto es que para caminar provechosamente es necesario tener un estado físico aceptable y el alma dispuesta a la reflexión. Si no es así, es decir, si no se camina por gusto sino por necesidad, el individuo deja de ser peatón para convertirse en un pelagatos sin automóvil (pecado venial en nuestra sociedad arribista), o lo que es peor, en un paria sin dinero ni para un pasaje de bus; en fin, un patirajado. No sé si aplico a alguna de las tres condiciones mencionadas: peatón, pelagatos y paria patirrajado; pero las dos últimas dejaron de importarme hace más de un rato. De modo que disfruto con la primera condición, que me brinda el placer de caminar. 

El maestro Fernando González, mentor espiritual de los “Nadaistas”, se consideraba filósofo aficionado cuando emprendió su “Viaje a Pié” en compañía de Don Benjamín Correa. Sin embargo el morador de “Otraparte” fue, a mi modo de ver, un extraordinario filósofo (irreverente) de lo cotidiano que escribió piezas magistrales de pensamiento criollo. Por mi parte yo jamás llegaré a ser ni siquiera filósofo aficionado; no faltaba más, eso sería muy pretencioso. Aun así, desde la fundación de la escuela Peripatética de Aristóteles mucho se ha especulado sobre la íntima relación que existe entre pensar y caminar, luego no tiene sentido insistir en el asunto. Sin embargo, el hecho de caminar por la vía pública me ha enseñado a pensar filosóficamente pese a que, a diferencia del maestro González, a mi me toca esquivar los vehículos para salvar la vida mientras me cuestiono el sentido de la existencia; en tanto que él pudo gozar de un ámbito bucólico, más propicio para la reflexión, durante sus caminatas filosóficas. 

El peatón, en cuanto observador es, a su manera, un anacoreta contemplativo, un estilita(*) encaramado sobre el andén. Y he aquí que puedo desarrollar una hipótesis sobre la diferencia entre el viajero (así sea de a pie) y el peatón desde el punto de vista metafísico: el primero es más universal y profundo; comprende lo rural y lo urbano, lo divino y lo humano. No en balde los grandes viajeros como Marco Polo lograron transmitirnos magistralmente su visión de universos desconocidos. En cambio el peatón es más pedestre, más vulgar, más llano. Su campo de acción se limita a la ciudad. Es el poeta de las situaciones que, por comunes, pasan desapercibidas. Es el cronista de los objetos modestos y de las cosas más materiales y diarias. Aprovechando estas virtudes menores, el peatón, con su pata al piso utiliza sus caminatas para descubrir los secretos de la ciudad y se reconoce en ella a través de sus calles, sus edificios, sus avenidas y sus barrios que evocan los recuerdos de la infancia, del amor, del pecado, de la dicha y de la tristeza. 

No alcanza el producto de estas reflexiones ciudadanas para escribir mamotretos filosóficos, pero tampoco se corre el riesgo de que los escritos inspirados en las divagaciones del peatón resulten condenados, bajo pecado mortal por algún obispo, como le pasó al maestro Fernando González con su “Viaje a pie”. Además, el peatón siempre tiene algo que contar a sus seres queridos cuando llega al hogar y, salvo algún inesperado accidente de tránsito o una enfermedad respiratoria causada por el esmog, el ciudadano de a pié aleja de su vida al médico y al siquiatra por algunos años, lo cual conlleva enormes beneficios para el bolsillo y para el alma.

(*)Seguidor de San Simeón el Estilita. Este santo del siglo V pasó los últimos 37 años de su vida encaramado en una columna (stilos en griego) de 17 metros de altura, dedicado a la oración y a la penitencia. Sobra decir que su comparación con mi peatón resulta claramente herética.

Ahora bien, si nos atrevimos a cometer un "elogio del peatón", bien vale la pena sentar de una vez por todas nuestra declaración de principios con el siguiente

DECÁLOGO DEL PEATÓN

1. Este decálogo nunca será de forzoso cumplimiento. Prevalecerá siempre el sentido común del peatón.
2. Nadie estará obligado a seguir nuestra causa improbable, nuestras rutas aleatorias que conducen al reino del azar.
3. La ciudad entera es el ágora del peatón. Sus calles, semejantes a las venas de un desahuciado, son su espacio vital aunque suene paradójico.
4. Creer firmemente en la capacidad del ciudadano de a pie para sacar sus propias conclusiones.
5. El peatón no es tan estúpido como parece. Es capaz de encontrar caminos si sabe mirar, si escucha con atención y respeto la música olvidada de la sabiduría popular.
6. Es posible caminar sin creer que todo está perdido, equivocado o podrido. Hay todavía muchas cosas rescatables, existen aún principios que deben ser defendidos y mantenidos, ciertas flores silvestres que no conviene cortar, tales como la decencia, la empatía y la solidaridad.
7. Advertir a los peatones que vienen atrás sobre los escollos, sobre las trampas a flor de camino para que no se dejen engañar.
8. El peatón deberá caminar ligero de carga. Suficiente peso lleva con su matalotaje de angustias y esperanzas.
9. El buen humor, la sencillez y a veces el silencio, son más conmovedores y eficaces que la grandilocuencia y la circunspección.
10. El peatón no peleará jamás contra los automóviles. Siempre saldrá perdiendo a costa de su cuerpo (frágil carrocería), aunque le asista la razón. En Bogotá no sirve de mucho tener el derecho a la vía, menos aún estando bajo las ruedas de un autobus. Por simple cuestión de supervivencia deberá prevalecer, como en el primer "mandamiento", el sentido común del peatón.

viernes, 21 de agosto de 2026

Perdido en Florián (*)

Soneto 


Por: Héctor Darío Gómez Ahumada



                                         (Poeta anónimo de feria. FILBO, foto de H. Darío Gómez A,)


Caminando por la calle Florián (*) ,
sin darme cuenta me encontré perdido.
A preguntar me asomé a un bar florido,
cómo llegar a casa sin afán.

Una doncella me salió al zaguán,
henchidos sus pechos a mi pedido;
me dijo, señor, si usted se ha perdido,
hace un rato yo me perdí en Florián.

Flor perfumada que perdió su brillo,
en la mitad de la noche ruidosa.
Quiso el albur fuera mi lazarillo

esa muchacha, dulce, vanidosa.
Ya no me afana llegar al castillo,
mejor su compañía peligrosa.


(*) La Calle de Florián, en Bogotá (Cra. 8 entre calles 11 y 12, donde hoy está el palacio de justicia),  era en los años cuarenta del siglo pasado una calle de dudosa reputación, donde merodeaban maleantes de poca monta y mujeres de vida “galante”.  Sobre el tema en cuestión, algún poeta de ocasión escribió unos versos que recitaba mi padre, pero que infortunadamente nunca pude aprender.  De modo que ante la impotencia de mi memoria, me atreví a escribir un soneto sobre el tema de marras, totalmente reinventado a partir de un vago recuerdo.  El soneto, si algún mérito tiene, cumple al menos con la métrica que mandan los cánones, es decir, está compuesto por versos endecasílabos en cuatro estrofas (dos cuartetos y dos tercetos) que riman el primer verso con el último de cada estrofa.  ¡Ah, caramba!

El ejercicio "poético" sólo vale como una forma particular de rendir tributo a la memoria de mi padre.
 

sábado, 8 de agosto de 2026

Décima del guayabo electoral

 Por: H. Darío Gómez A.


Décima del guayabo electoral

No siempre el que tose duro

equivale al que ya esputa,

igual que el ladrón que escruta

roba el voto tras el muro.

Mas, obra muy mal, lo juro,

quien da por odio su voto;

pronto llevará del joto

tan solo por un tamal.

Nos queda llorar el mal,

tal vez rascarnos el coto.

lunes, 13 de julio de 2026

Décima del petardo


Por: H. Darío Gómez A.

Pletórico de arrogancia
e inflamado como ampolla
a la luz de la bombilla
se trasluce su ignorancia.
Su atuendo viene de Francia
y es muñeco de cartón,
de la muestra es un botón
de la infame satrapía.
Más hoy el pueblo desconfía
del papagayo frentón.