Portafolio

En este blog encontratás los portafolios de las organizaciones conformadas por ciudadanos activos y participativos que realizan su labor de gestores y actores culturales en la ciudad de Bogotá, Colombia.
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lunes, 31 de agosto de 2020

La ferrovía del Liri

Por: H. Darío Gómez A. 

 

“El tren ha representado siempre para el territorio que atraviesa un momento de profunda transformación y muchas veces de verdadera emancipación y desarrollo social.” Con estas palabras, Paolo Silvi, Presidente de la asociación Apassiferati, de Italia, comienza su presentación del hermoso libro sobre la historia de la ferrovía del Valle del Liri, al sur de Roma. Su asociación tiene como objetivo dar a conocer este bello territorio a través del ferrocarril. 

 

El libro, escrito por Costantino Jadecola, nos ilustra acerca de las vicisitudes que sufrió el ferrocarril por cuenta de un devastador terremoto en 1915 y luego a causa de la catástrofe de la segunda guerra mundial, cuando nazis y aliados, todos a una, lo destruyeron por ser un objetivo militar estratégico. No obstante, narra asimismo su recuperación fruto del amor de sus gentes por el tren, símbolo del desarrollo económico y civil de las tierras que atraviesa, como nos lo pone de presente Paolo en su texto introductorio. 

 

Otra historia interesante es cómo llegó a mis manos esta entrañable publicación de la asociación Apassiferati. En el mes de marzo de 2020, mis amigos de la Fundación de Pensionados de los Ferrocarriles Nacionales me invitaron a escribir, en su periódico “El riel”, una reseña sobre la pérdida de la sede del Fondo del Pasivo Social de los Ferrocarriles Nacionales de Colombia, en el edificio histórico y patrimonial de la Estación de la Sabana (en Bogotá), que ellos resintieron como el último despojo de un gobierno indolente con los ferroviarios, es decir, una muestra más de su desprecio, no sólo por un medio de transporte eficaz, seguro y más barato (acaso para favorecer los intereses de los transportadores por carretera), sino también por su historia. Lo que debía convertirse en un museo del ferrocarril terminó en sede de la policía de carreteras. Como sea, lo cierto es que mi artículo llegó, merced a mi querido amigo Vincenzo Fiorentino, a los ojos de Paolo Silvi, quien me contactó para darme a conocer su emprendimiento cultural y ferroviario en Italia, ofreciéndome además, de manera generosa, enviarme a vuelta de correo un par de publicaciones, entre ellas esta que tengo en mis manos y que me complace compartirles. 

 

La historia del ferrocarril, digo mal; la historia de la ausencia del ferrocarril en Colombia, está por escribirse. Pero a diferencia del tren del Valle del Liri, el nuestro no ha sido víctima del terremoto ni de la guerra, sino de la mezquindad de los gobiernos de turno que le dieron entierro de tercera hace 30 años, como cumpliendo esa premonición de Giovanni Papini cuando escribió: “Y he aquí que de pronto se ha parado, y los habitantes de la pequeña ciudad en fuga (el tren) han desaparecido, y el maquinista se seca la frente con aire poco satisfecho. Las ruedas se han parado tristemente sobre los rieles”.

lunes, 6 de julio de 2020

COPETÓN COPETE



Por: H. Darío Gómez A. Era un gorrión. Pero en el altiplano llamamos “copetón” a los de su laya. Era un gamín, un callejero, arisco, libérrimo, como corresponde a un suspiro emplumado. Y se salvó por un pelo, ¡qué digo un pelo! por una pluma, de las fauces de una sombra felina que se apareció en el antejardín. Dicen que la vecina del primero lo rescató de una muerte segura. Cojito de un ala, como suele decirse, la dama lo acogió en su seno con ternura. Mas, de nada valió el cariño y el cuidado de unos días, porque los suspiros son inasibles, como el viento. De modo que el copetón voló con sus plumas fracturadas a la libertad de la nada. Pero queda su recuerdo emplumado, como un suspiro que aveces se escucha en el antejardín.

miércoles, 27 de mayo de 2020

“Vanity Fair” en Usaquén




Tomo prestado el nombre de la famosa revista del corazón, sin ánimo de banalizar el glamour, con la esperanza de no ser demandado por el uso indecoroso de sus derechos de autor. Pero, al fin de cuentas, la vanidad es patrimonio de la humanidad y además está muy de moda en Usaquén. Allí los lujosos restaurantes de autor se han convertido en enormes vitrinas adonde acude la gente chic de Bogotá, no tanto para disfrutar de la buena comida, como para que la vean comer. Sin embargo, tan presuntuosa afectación tiene sus inconvenientes: no siempre sus espectadores son trabajadores honrados, que, de paso hacia los restaurantes populares, tragan saliva al contemplar las viandas que disfrutan los comensales que exhiben sin pudor su riqueza ante la galería.  De golpe sucede algo inesperado que rompe el encanto sensual de la opulencia: un desharrapado sin nada que perder se acerca a la enorme vitrina de la cebichería “La mar”, donde una mujer elegante y hermosa degusta un exquisito carpaccio de salmón. El sujeto desmueletado pega lentamente su nariz al vidrio del ventanal, saca la lengua con lascivia y le pica el ojo a la buena señora, al tiempo que extiende su mano mugrienta para invocar conmiseración o acaso provocar deliberadamente asco. Este cuadro no dura más de diez segundos, justo el tiempo que demora en llegar la seguridad del restaurante para llevarse al “habitante de la calle” (ridículo eufemismo para designar a los marginados). Pero ya es tarde; el daño está hecho. La fealdad de la miseria cae como un moscardón en la sopa de la opulencia. ¡PLAF! La señora, congestionada, no digamos ya, aterrada, toma un sorbo de agua y se retira por un momento al baño. Con notoria incomodidad su acompañante deja la servilleta sobre la mesa, arregla su corbata Hermés colección de otoño, y le exige al mesero que los acomode en otra mesa, lejos del ventanal de la infamia. Y es que la ostentación es ofensiva. A mi modo de ver, la pequeña venganza del desharrapado de la anécdota no es más que su respuesta a la humillación infligida involuntariamente, si se quiere, por la mujer de marras. Ser rico no es un pecado. No hay que caer en las trampas del maniqueísmo. Allá cada cual con su conciencia acerca de la forma en que amasó su fortuna “sin convertir en harina a los demás”(como decía Mafalda). Sabemos que la solidaridad no cunde en ciertos círculos, y que la manida responsabilidad social empresarial no es más que una entelequia para evadir impuestos y despercudir el rostro de la avaricia. Pero ostentar esa riqueza impúdicamente en un país donde semanalmente mueren de hambre 300 niños, como lo denunció un estudio de la Universidad Nacional, si es una canallada. Quizá por eso me resultó tan refrescante el inútil desquite del andrajoso, así los áulicos de los nuevos y viejos ricos me vengan ahora con que lo mío es pura mala leche mezclada con envidia de la mala. La justicia poética no es tanto un desquite como una técnica literaria, en la que a veces los más débiles se salen con la suya.  Y a veces, muy pocas, también pasa en la realidad.

lunes, 25 de mayo de 2020

Romance medieval escuchado en Boyacá.



Margarita Parra era una contadora de cuentos de Chiquinquirá, en Boyacá, tierra donde todavía se conservan hermosos arcaísmos en el habla popular. Margarita, mujer analfabeta y maravillosa, era dueña de una enorme cultura. De ella no se sabe mucho, salvo por sus cuentos, que fueron rescatados con amoroso cuidado por doña Elisa Mújica, académica de la lengua ya fallecida también, y a mi juicio la mejor escritora colombiana. Nos quedó debiendo doña Elisa un perfil de Margarita Parra, cuya vida campesina fue acaso tan extraordinaria como las narraciones populares que contaba, muchas de ellas provenientes del cuento medieval español de Don Juan Manuel, traído a valor presente prácticamente sin ninguna variación.


Transcribo a continuación este bello romance de la princesa:


“Un caballero requirió amores
A la princesa Estefanía;
La niña desque lo oyera
Díjole con osadía:
Tate, tate caballero,
No hagáis tal villanía;
Hija soy de un malato(*)
Y de una malatía;
El hombre que a mí llegase,
Malato se tornaría”.


(*)malato: apestado, embrujado. Quizá un ardid de la niña para evitar el avance del caballero.

viernes, 15 de mayo de 2020

Reivindicación de la cursilería y la ternura.




La ternura y aun la cursilería nos rescatan muchas veces de la desesperación que produce la realidad, siempre grave y trascendente. Por eso reivindico ambas. Es más, como decía sabiamente Rodrigo Peláez, mi entrañable pariente y amigo: "El que no ha sido cursi en la vida, es porque nunca ha amado"

Y para la muestra tres botones que cosí ahora años:

 LA ARITMÉTICA ES SIMPLE (1.983)

En tu cuaderno de matemáticas
uno mas uno éramos los dos,
y la división de tus onces
no tenía residuo.
La aritmética es simple,
me dijiste un día.
Hoy sólo nos resta
el recuerdo.

S.O.S (1984)

Como era un náufrago alejado de tus trenzas,
durante el recreo puse mi S.O.S. de amor
dentro de una botella de Coca-cola
y la tiré al fondo de tu pupitre.
Cuando la encontraste,
vi tu cara de sorpresa
y la felicidad con que corriste a la tienda del colegio
para cobrar el depósito.
Nunca leíste el mensaje,
sin embargo yo me quedé esperando tu rescate.

ASTRONAUTAS (1.985)

Tu y yo fuimos astronautas
girando alrededor de la vida
en nuestra nave de propulsión sanguínea
como si tal cosa.
Se agotaba el combustible
y optaste por el aterrizaje.
Pero yo seguí girando, girando, girando…

BUS URBANO (1986)

Por las ventanas del bus destartalado
se asoman las caras luminosas de los niños,
cautivos en la panza del endriago de lata.
El monstruo bufa y exhala su aliento negro,
tal si fuera el último estertor.
Entonces los niños, aturdidos, se estremecen,
como intentando escapar
por las heridas de un dragón agonizante.

H.D.G.A.

lunes, 11 de mayo de 2020

En algún momento habrá que pagar.





Ruinas de la casa de los ferroviarios en la Estación de la Esperanza (Cund.) Foto de H. Darío Gómez A.



El confinamiento obligatorio de este tiempo extraño nos ha permitido valorar los oficios cotidianos. Las horas se nos van en ejecutar labores para satisfacer las necesidades físicas más elementales. Pelar cebollas y picar unos ajos para hacer el arroz, por ejemplo, nos puede llevar media mañana, como quiera que son tareas que requieren tanta habilidad y concentración como la redacción de un memorando estratégico en la oficina. Sin embargo, por la desviación del oficio somos capaces de sacar los costos del picadillo en cuestión, en términos del precio de cada hora invertida en esa labor por un profesional bien cotizado. La productividad ante todo.

Sea como fuere, lo cierto es que los oficios diarios de la casa nos permiten pensar en la vida, hacer balances y programar el pago de las deudas aplazadas, ya no digamos los servicios públicos y la tarjeta de crédito que el banco, siempre mezquino, nos recuerda con sutileza digna de mejor causa, sino las deudas de la existencia, aquellas que hemos venido acumulando y aplazando durante años. Hablo, entre otras, de las deudas de gratitud que nos recuerda la conciencia, esa contabilista rigurosa que tiene registrados todos los saldos a nuestro cargo, como también tiene resaltadas en rojo las notas débito de nuestros excesos, soberbias, vanidades, tiempo negado a nuestros amados y a veces, cómo no, nuestra falta de generosidad o de solidaridad. Porque es un hecho que algún día todos tendremos que pagar por nuestras acciones y omisiones. Con todo, no podemos menos de prepararnos para pagar las deudas de la vida cuando llegue el vencimiento, sin necesidad de requerimiento para ser constituidos en mora.

Sé que es una reflexión por demás rara, pero tengo que afirmar a mi favor que en este tiempo que nos ha tocado todo es extraordinario, y además la lectura del Eclesiastés, de corte claramente existencialista, me recordó que “no hay nada nuevo bajo el sol” y que muy probablemente, si salimos vivos de este encierro, volveremos a aplazar indefinidamente lo importante para atender lo urgente, es decir, las cuentas de servicios públicos y las obligaciones bancarias que en algún momento habrá que pagar.

H.D.G.A.

viernes, 8 de mayo de 2020

Jueves tedioso

Ruinas de la Estación del Tren de Puente Nacional. Foto de H. Darío Gómez A.


7 de mayo de 2020

A los privilegiados que no tenemos que jugar a la ruleta binaria del hambre o la peste nos queda, en todo caso, el riesgo de morir de tedio. Nos vamos gastando contra la ropa, como prefiguraba el poeta Castro Saavedra, pero también nos vamos gastando por el tedio. Y empezamos a morir de una manera inusual, es decir, velando los relojes de la casa y viendo ponerse mustio el almanaque. Entramos con los ojos abiertos al limbo que imaginó Dante para los inocentes que guardan la ilusión pero se saben sin esperanza. Gastamos inútilmente los días que nos quedan en la billetera en mirar la televisión, chatear, leer libros y periódicos, en combatir el insomnio y dormir a deshoras.

Nos gastamos de esperar, de jugar con el perro o el gato, de enviar memes y chistes flojos, de ver al maestro en el computador, de pensar, de arrepentirnos, de escuchar la alocución presidencial, del teletrabajo, de que nos digan en el noticiero que nos vamos a morir. Nos vamos consumiendo por contar los siete días de la semana con tozudez digna de mejor causa, nos cansamos de correr sobre una banda sin fin que no conduce a ninguna parte, en fin, nos deterioramos por no comer y por comer también, y por hacer el amor con amor y sin él; nos desesperamos como el zahorí que perdió el rastro para encontrar el sentido de la vida.

Hoy amanecí sombrío, mañana será otro día.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Lírica en remojo.




Revisando mis papeles encontré el siguiente texto escrito hace unos 35 años:

“A la hora del almuerzo los oficinistas escriben poemas de amor que dejan olvidados en el bolsillo de la camisa. Y luego, cuando lavan sus chiros en el baño del cuartito de alquiler, ahogan sin querer su tierna lírica entre el platón de la ropa en remojo”.



jueves, 23 de abril de 2020

¡Ay, Polombia!, este platanal.


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Hace unos días comenté en un post de Facebook acerca de la corrupción rampante en Colombia, y producto de la ira contenida, quizás frustración, me referí a nuestra sufrida patria como un “platanal”. No se hicieron esperar las amenazas e insultos, entre los cuales el menos ofensivo con la memoria de mi difunta progenitora fue “apátrida”, acaso queriendo decirme antipatriota. Pero a despecho de los cavernarios, yo también habito la patria que me regaló el lenguaje suficiente para controvertir las verdades absolutas de las mayorías (si es que realmente lo son, porque en las últimas elecciones salió a votar mucho difunto, como quedó demostrado con el destape de otra olla podrida en la Registraduría). De modo que el derecho divino de las “mayorías” no va a impedirme expresar mis opiniones, ni amedrentar mi independencia de espíritu.

Y es que con la gula indecente de los bancos, los especuladores y muchos corruptos  para robar descaradamente, aprovechando las circunstancias de necesidad de la gente, producto del aislamiento preventivo obligatorio, no puede uno menos de maldecir y aún putear a los politiqueros, banqueros y contratistas de este país, corruptos donde los haya. ¡Qué le vamos a hacer!, esas cosas solo pasan en un platanal inviable (así se ofendan algunos), donde el sistema ha establecido una cultura de la pobreza, como la llamaba Oscar Lewis, donde campea la insolidaridad, el clasismo, la violencia  y la precarización del trabajo; donde las instituciones han sido capturadas por los bancos, las grandes corporaciones y los grupos empresariales para legislar, administrar y aplicar justicia en su beneficio, o como nos lo pone de presente el profesor Luis Jorge Garay, se ha producido una cooptación del Estado (la inefable puerta giratoria), todavía más grave, porque es sistémica e implica la infiltración de la institucionalidad democrática por los poderosos; o sea, un platanal. ¡Polombia!

viernes, 28 de febrero de 2020

Los desterrados de la Estación de la Sabana




(Estación de la Sabana, Bogotá, D.C., foto de wikipedia)


Por: H. Darío Gómez A.

Como en el cuento “Casa tomada”, de Julio Cortazar, a partir de 1992, cuando salieron los últimos 24 empleados de la liquidada empresa de Ferrocarriles Nacionales, llegaron funcionarios anodinos de los gobiernos de turno para desmantelar  la que fuera una de las más hermosas estaciones del ferrocarril de Colombia. Me refiero a la Estación de la Sabana, diseñada por el arquitecto Mariano Santamaría y construida bajo la dirección del ingeniero William Lidstore hasta su culminación en 1924. De nada sirvió que mediante el Decreto 2390 del 26 de septiembre de 1984 el Gobierno Nacional declarara el edificio como un Monumento Nacional. Al igual que las hermosas mansiones de Teusaquillo abandonadas por sus distinguidos propietarios, la estación fue ocupada por nuevos residentes que la envilecieron, cambiando su uso hasta desdibujarla. Tal ha sido el triste destino de nuestro patrimonio arquitectónico nacional.

Lo cierto es que somos un país con poca memoria. De tal suerte, este Monumento Nacional que debiera ser un museo del Ferrocarril, con la función de recordarnos que alguna vez tuvimos tren, se convirtió en una especie de inquilinato donde el Fondo de Pasivo Social de los Ferrocarriles Nacionales, entidad creada por el Gobierno para administrar la salud y las pensiones de los antiguos trabajadores ferroviarios, tuvo que compartir su sede natural, en común y pro indiviso, con dependencias del Ministerio del Transporte, la Superintendencia de Puertos y Transporte, y, finalmente, con la Dirección Nacional de Transportes de la Policía Nacional.

Sin embargo, aún con esa tenencia precaria, durante 30 años la Estación de la Sabana fue la casa del Fondo de Pasivo Social de los Ferrocarriles de Colombia, y por ende el único vínculo de los antiguos trabajadores ferroviarios con su hogar. Así, el formidable vestíbulo central de la estación recibió a los pensionados como esa madre amorosa que se alegra de acoger a sus hijos. Bajo sus hermosas columnas de piedra con capiteles corintios, los antiguos ferrocarrileros recordaron muchas anécdotas del tren.

Pero nada hay definitivo. Y para tristeza de los ferroviarios, otra decisión indolente del Gobierno Nacional dispuso el traslado del Fondo de su sede original, la Estación de la Sabana, para el horroroso edificio de Cudecom. Parece que sus directivos creyeran con el oscuro Director del Centro de Memoria Histórica, que los ferrocarrileros al igual que las víctimas, tienen que olvidar definitivamente una parte fundamental de sus vidas. Olvidar el tren. Resulta indignante que hoy los pensionados, sus viudas, sus hijos, sus nietos, en fin, sus familiares, ya no puedan ingresar a la que fue su casa durante tantos años.  Tengo la impresión de que una vez más, intereses mezquinos quieren borrar los vestigios de lo que un día fue el transporte más eficiente y digno del país.

En el ático del cuerpo central de la fachada de la Estación de la Sabana se encuentra tallado el escudo nacional, y sobre él se posa el cóndor de los Andes que llora por la ausencia de sus moradores originales, los ferroviarios.


viernes, 21 de febrero de 2020

Versión libre. (a la manera de los crímenes ejemplares de Max Aub)




Al subir al autobús, el conductor arrancó a toda velocidad sin darme tiempo para asirme de la barandilla, haciéndome golpear la cabeza con un tubo. Luego frenó violentamente y me estrellé contra el vidrio de la cabina. "Salvaje", le grité. "Eso es para que se acomode", me contestó riendo. "Los pasajeros no somos ganado", vociferé iracundo, arremetiendo contra su humanidad. El sujeto pataleó desesperadamente bajo el volante mientras lo ahorcaba con la correa de mi maletín.

Dizque el motivo era fútil, me dijo el juez.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Fanzine Patescaut #2 "En Colombia hubo tren hasta que se jodió"


 
 
Editorial

Por: H. Darío Gómez A.

Al pie de la garita blanca con techo anaranjado que aloja al guardabarreras del paso a nivel de la calle 183 con la avenida NQS, en Bogotá, subsiste un anuncio oxidado y mesiánico de la extinta  FERROVÍAS, donde se lee: “Vuelve el tren”.  Sin embargo el tren nunca volvió en realidad, y antes bien, la empresa  constituida para reemplazar a los Ferrocarriles Nacionales de Colombia fue liquidada sin pena ni gloria en 2007. Otro monumento a la desidia del Estado, cuya clase politiquera y burocrática abandonó uno de los medios de transporte más seguros, de bajo costo e importante para el desarrollo económico y social del país, pese a que, como afirmó la Asociación de Ingenieros Ferroviarios de Colombia, “la economía de un país se mide por las vías de comunicación que tenga.   El ferrocarril es el modo óptimo para el transporte de grandes volúmenes a grandes distancias.   En países desarrollados los ferrocarriles son de primer orden. En Francia es la Empresa más importante del país. Tiene 90,000 km de vías férreas en un área menos de la mitad de la de Colombia.”


A falta de algo mejor que hacer mientras pasa uno que otro tren fantasma, el guardabarreras en cuestión cultiva en el solar  de  doce metros cuadrados donde se erige la caseta, un pequeño jardín con geranios blancos y rojos embutidos en tarros de galletas, a manera de altar para mantener viva la ilusión por el regreso del tren de verdad, que, como el salvador anticipado por los profetas, nos librará de la inmovilidad inveterada que nos agobia.

En el presente número de Patescaut incluimos un par de crónicas, donde sus autores recogen la frustración de los colombianos por la falta del tren, y realizan una suerte de catarsis desde la historia y la nostalgia, a través del testimonio de sus sobrevivientes.

El tren quizás no volverá realmente, más la esperanza es lo que cuenta.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Sastrería literaria: palabras a su medida



Como en el cuento sin moraleja de Cortazar, en Colombia hubo un hombre que vendía discursos, sentencias filosóficas y humorísticas, consignas, eslóganes, membretes y falsas ocurrencias. En efecto, Ci-Mifú, por buen nombre Enrique Aguirre López, fundo en los años setentas del siglo pasado su Fabrica Nacional de Discursos con el fin de atender la demanda de palabras para oradores faltos de inspiración. Se dice que este periodista y humorista antioqueño escribió desde entonces y hasta su muerte, en 2004, más de diez mil discursos entre campañas políticas, posesiones, grados, matrimonios, condecoraciones y lanzamientos de productos comerciales.

Que yo sepa no dejó descendencia profesional, de suerte que su fábrica sin chimeneas (para usar la manida frase de los empresarios hoteleros) se quedó sin dolientes y desapareció sin pena ni gloria. A decir verdad, habría querido apañarme el nombre de su empresa para continuar con el negocio de la palabra a destajo, de la inspiración mercenaria, pero un reato de conciencia y el respeto por el oficio me impidieron hacerlo.

En cualquier caso, he decidido emprender el negocio de la venta de palabras con la esperanza de alcanzar y, por qué no, superar, los diez mil discursos del gran Ci-Mifú. La experiencia de más de quince años en el oficio de escribir para una revista virtual y dos blogs especializados en cultura me permiten la osadía de fundar mi servicio de “Sastrería literaria". Sin embargo, como en todo mercado, el que no muestra no vende, de modo que someto a su consideración un botón de mis publicaciones.
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PUBLICACIONES DE HÉCTOR DARÍO GÓMEZ AHUMADA:

www.bogotaculturaparticipativa.blogspot.com
www.lapataalsuelo.blogspot.com
Posts en kienyke
"Haddock o la nostalgia de un viejo lobo de mar" en Agenda del Mar 2020, www.agendadelmar.com
"La copera un oficio en vía de extinción" en "Bogotá contada", crónica del Taller Distrital de Crónica ciudad de Bogotá 2019" IDARTES.
"Crónicas de cafetín" en el Fanzine "Patescaut", Bogotá, octubre de 2019, ISSN 2665-6094.
"Los hijos de las ranas" en Memorias del Agua, Bogotá, Universidad Javeriana, BLAA del Banco de la República y Alcaldía Mayor de Bogotá, 2011.
"Rigor científico", Desde la Universidad, Cuentos Javerianos, Universidad Javeriana, CEJA Bogotá, 2002

PRODUCTOS DE LA SASTRERÍA LITERARIA: (Un producto editorial de La Vaca no habla Libros)
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Cel: (57) (3) 3118702854
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PERFIL

Haddock o la nostalgia de un viejo lobo de mar.
Por: Héctor Darío Gómez Ahumada

“Pues el peor enemigo del marino no es la tempestad que arrecia, no es la ola que se levanta espumeante, que bate el puente llevándose todo lo que encuentra a su paso, ni el arrecife pérfido escondido a flor de agua que rompe el flanco del barco; el peor enemigo del marino es el alcohol” (1) Archibaldo Haddock.

Este discurso en boca del inefable capitán de un barco mercante, que es, además, el presidente de la Liga de Marinos Antialcohólicos (L.M.A.), se convierte en evangelio necesario para uso de navegantes, si se tiene en cuenta que su autor ha sufrido en carne propia los desastres que producen los líquidos espirituosos, más perjudiciales que las aguas del mar. El capitán Haddock, por buen nombre Archibaldo, representa un riesgo para sí mismo, ya no digamos para su entorno; y como un viento de proa amenazante, el mal genio de este navegante se debe sortear con inteligencia y determinación.

Por lo demás, Haddock, viejo lobo de mar, es un amigo capaz de acometer hechos heroicos, no exentos de torpeza, cuando se trata de proteger la integridad de su inseparable compañero de aventuras, el intrépido e idealista reportero Tintín, o bucear en el fondo del mar Caribe para rescatar unas botellas de ron.

El 9 de enero de 1941, hace algo más de 78 años, se tuvo la primera noticia oficial de este caballero de mar, cuando el suplemento juvenil del periódico Le Soir Jeunesse, de Bruselas, del cual era editor Georges Rémi (Hergé), publicó El Cangrejo de las pinzas de oro (2), donde se narran las aventuras de Tintín, secuestrado a bordo del carguero Karaboudjan por el contramaestre Allan Thompson y sus secuaces, a espaldas de Haddock, cómo no, a la sazón capitán del barco armenio, pero totalmente alejado de su gobierno e inocente del tráfico de opio en sus bodegas, por encontrarse confinado en su camarote en deplorable estado alcohólico. Gracias a la astucia de Tintín, que logra escabullirse de su cautiverio hasta llegar a la litera del capitán, escapan de sus captores, y a partir de entonces surge entre ellos una sólida y perenne amistad.

“Soy el capitán Haddock, ¡truenos y relámpagos!, y el único que manda a bordo después de Dios…” (3)

Pero, ¿quién es el capitán Haddock? Aparte de ser el único que manda en el barco expedicionario Aurora, después de Dios, claro está, este marino viene de una estirpe de hombres de mar que se remonta a Francisco, caballero de Hadoque, capitán de la marina del Rey, comandante del Unicornio, hermoso barco de vela de la escuadra de Luis XIV, según se menciona en sus memorias (4), cuyo parecido con nuestro héroe es pasmoso, a juzgar por la pintura que nos muestra Hergé en el episodio del Secreto del Unicornio.

De modo que su vocación oceánica le viene de antiguo, desde el siglo XVII, cuando la esfera terrestre se estaba dilatando allende los mares ante los ojos alucinados de los marinos que, como el caballero Francisco de Hadoque, surcaban el mar Caribe con destino a Europa en navíos que sorteaban tempestades y piratas, como el temible Rackham el Rojo, con su carga de oro, joyas y barricas de ron de Jamaica para delicia del buen comandante del Unicornio, que compartía con su descendiente el gusto por el licor.

En cualquier caso, lo que parece seguro es que el alcohol le corre literalmente por las venas al capitán Haddock. Y también el espíritu aventurero. No es casual que después de su odisea en el Karaboudjan, Tintín y el Capitán Haddock, amén de su valentía, se reconocieran como almas gemelas en la aventura, no obstante ser muy diferentes en la manera de enfrentarla: inteligente, ágil, audaz y calculador el joven periodista; sanguíneo, impetuoso, torpe y brutal el viejo lobo de mar.

El mar de las aventuras

Convengamos en que toda aventura implica viajar. Y sobre este particular creo con Giovanni Papini que las obras literarias más populares son libros de viajes: La Odisea, Simbad el marino, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, en fin, podría agregar Arthur Gordon Pym, Moby Dick, y La Isla del Tesoro, por citar solo algunos. A través del viaje se conocen verdaderamente las personas, y no hay mejor forma de hacerlo que por mar. Al fin y al cabo, como sostiene Agustín de Hipona, somos peregrinos en tránsito. Así pareció entenderlo Hergé, pues en quince de los veintitres álbumes de Tintín aparecen barcos en escena, según lo pone de presente Yves Houreau en su libro ¡Rayos y truenos! Tintín, Haddock y los barcos (1999).

De tal suerte, Tintín y Haddock abordaron entre muchos otros un barco foquero, como el Aurora, para su expedición ártica en busca de un aerolito; y un pesquero, el Sirius del capitán Chester (uno de los pocos amigos de Haddock aparte de Tintín), para ir en busca del tesoro de Rackham el Rojo en las Antillas; también se embarcaron subrepticiamente en el carguero Pachamac en el puerto del Callao, en Perú, tras el misterio del Templo del sol; abordaron asimismo el lujoso yate Sheherazade del magnate Rastapopoulos, el carguero Ramona con bandera de Panamá y un Sambuck de pesca en el mar Rojo, en fin, viajaron en canoas, balleneras, lanchas, piraguas, barriles con tablas flotantes e incluso en un submarino - escualo diseñado `por el Profesor Tornasol para explorar las profundidades del Caribe (5), todos ellos dibujados por el belga Georges Remí (Hergé) en su obra, con un nivel de detalle inverosímil.

Genio y figura. Y yo aún diría más: mal genio y magra figura.

Archibaldo Haddock, cascarrabias donde los haya, es un nostálgico, como suelen ser los hombres de mar. Sin embargo en él los cambios repentinos de humor producidos por el licor (bien sea whisky John Haig o Loch Lomond, pisco del Perú, oporto, ron caribeño o un vinillo rosado de esos que acostumbra escanciar el entrañable Oliveira), podrían sugerir un temperamento bipolar, si el término se admite, pues son proverbiales sus estados eufóricos que lo impulsan a emprender grandes acciones, que derivan repentinamente en llanto sin razón aparente. Haddock es un hombre de lágrima fácil. Al respecto el diario el Mundo de España, en suplemento del Domingo 17 de abril de 2011, con ocasión de los 70 años del capitán Haddock, señalaba que para crear este personaje, Hergé se inspiró en una noticia de prensa que se refería a un capitán de barco alcohólico que había muerto encerrado en su camarote debido a la borrachera que le impidió salvarse durante una tormenta en alta mar. Es decir, que el origen de nuestro capitán está en un hombre solitario, melancólico, ajeno a las cosas de tierra firme olvidadas dentro de tanto mar. Es también un hombre magro, acaso porque el espíritu triste seca los huesos como sentencia uno de los Proverbios del Antiguo Testamento. No obstante, disimula su flacura con un grueso pulóver azul que le va muy bien con la pipa y su gorra de capitán. Valga decir que el exceso de alcohol tampoco le ayuda a tonificar su musculatura, si bien es capaz de sacar fuerza extraordinaria del humor sanguíneo cada vez que se requiere.

Pero volvamos a su temperamento de los ¡mil demonios! Ni qué decir tengo que nuestro simpático cascarrabias, enfermo del hígado como es de suponer, logra canalizar su furia merced a una retahíla de insultos que suele proferir y que realmente no lo son, porque se trata más bien de expresiones rebuscadas que adquieren un carácter, digamos esotérico, en la voz del capitán. Con todo, resulta comprensible que Hergé no hubiera puesto en voz de Haddock las expresiones vulgares e irrepetibles escuchadas a los marinos en los cafetines del puerto de Amberes, por tratarse la suya de una publicación destinada al público infantil y juvenil. Sea como fuere, lo cierto es que en sus arrebatos de ira, Haddock utiliza palabras tales como emplastos, trogloditas, desarrapados, aztecas, sapos, vendedores de alfombras, ganapanes, ectoplasmas, dinamiteros, nictálopes, coloquíntidos, marineros de agua dulce (cómo no), bachibazucs, zulús, doríforos, macacos, parásitos, papanatas y un largo etcétera. Mas es lo cierto que sus expresiones favoritas y recurrentes son: ¡mil millones de rayos y centellas! y ¡mil millones de millares de mil demonios!, hasta el punto de que la mala peste, como se refiere Haddock a Abdallah, el travieso hijo del emir Ben Kalish, se dirige a éste como Mil rayos (6).

“Es un viejo lobo de mar, un poco abrupto de momento, pero que oculta bajo esta ruda corteza un alma sencilla de niño inocente…” (7)

Bianca Castafiore, cantante lírica de fama internacional, en declaraciones al Paris – Flash se refiere en términos muy generosos al capitán. Resulta curioso que esta Diva entrada en carnes, incapaz de recordar el apellido del capitán, pues lo llama indistintamente Kappock, Mastock, Kosack, Hammock, Kolback, Karbock o Hocklock, haya sabido encontrar la ternura que esconde tras la coraza de brutalidad que lo distingue. Siendo así las cosas, era de esperarse que la glamorosa revista del corazón sugiriera de manera tendenciosa un eventual romance entre el Ruiseñor Milanés y el capitán. Nada más lejano a las intenciones del viejo lobo de mar que, como soltero empedernido, decide poner al pairo su navío antes de aventurarse en el océano abisal del matrimonio.

Por otra parte, creo haberlo dicho, el capitán es hombre de pocos amigos. El círculo más íntimo está compuesto por Tintín (como resulta evidente), inseparable desde su aventura en el Karaboudjan; el capitán Chester, caballero de mar conocido de vieja data, que tuvo a bien prestarle su barco, el Sirius, para la aventura en las Antillas; y finalmente se cierra el cerco con el Profesor Tornasol, arquetipo del científico loco y despistado, pero entrañable en el corazón de Haddock pues gracias a su generosidad el capitán recuperó el Castillo de Moulinsart perteneciente a su familia desde los tiempos de Francisco de Hadoque.

Lo que parece indiscutible es que el capitán Haddock es hombre de mar por naturaleza; el océano está ligado a su espíritu como un atavismo que lo libera de la atracción terrestre. Cuando el mar desaparece en la comodidad de su castillo él siente como si hubiera sufrido una amputación; la melancolía es inevitable, la asfixia lo invade. Prefiere navegar a la deriva en pos de nuevas aventuras con su amigo Tintín que languidecer entre bostezos y copas de licor en Moulinsart.

Esa es la estampa del capitán Haddock, Presidente de la Liga de Marinos Antialcohólicos, por buen nombre Archibaldo. ¡Salud!

(1) “El Cangrejo de las pinzas de oro”, página 62.
(2) Fuente: sitio oficial es.tintin.com
(3) “La Estrella misteriosa”, página 19
(4) “El secreto del Unicornio”, página 14.
(5) “El Tesoro de Rackham el Rojo”, página 37.
(6) “Stock de coque”, página 5
(7) “Las joyas de la Castafiore, página 22
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DISCURSO

Palabras para el cierre de año de ARTEO
Por: H. Darío Gómez A.

Mucho antes de que se expidiera la Ley 1834 de 2017 con el objetivo de fortalecer las industrias creativas, norma que hoy conocemos como la “economía naranja”, Lina y Diego ya estaban explorando la posibilidad de un emprendimiento de experiencias creativas no solo con rentabilidad cultural, sino también económica y visión empresarial. Yo recuerdo que hace más de un rato ellos convocaron en Chía a un grupo de profesionales e intelectuales para botar corriente, como suele decirse, en torno a los temas de educación y pedagogía. Diego tuvo la deferencia de invitarme a esa reunión a la cual no pude acudir por compromisos académicos, y ni falta que hizo.

Sea como fuere, este par de emprendedores nos sorprendió gratamente en 2019 con la fundación de ARTEO, su escuela de diseño y decoración, concebida para vivir la experiencia del arte y los oficios a través de los sentidos.

Vivimos en la época de los mass media, de la inmediatez, de la obsolescencia programada, de la presencia virtual a través de whatsapp y del culto al cuerpo más que al espíritu. Cada mes abre un nuevo gimnasio y se cierra una librería. Por eso ARTEO se erigió como un oasis para los sentidos en medio de la aridez de la información epidérmica y muchas veces inútil de Internet. Creo con Alberto Moravia que el arte no está hecho solo de idea; es más bien una aproximación sensual a la realidad, y esa es la experiencia creativa que ARTEO nos propone en sus diferentes programas y actividades.

Un filósofo, no recuerdo cual, sostiene que “el ojo es la razón, y el oído el ritmo; por eso se escribe la prosa con el ojo y la poesía con el oído”. Acaso Diego y Lina, antes de emprender su proyecto empresarial desoyeron los consejos prosaicos que los prevenían del riesgo de la industria creativa en Colombia, y por fortuna atendieron el ritmo de su corazón, apostándole con mucho acierto a ARTEO. La demostración de lo anterior es que aquí estamos entre amigos celebrando el cierre del año 2019 y las buenas expectativas del 2020.

Finalmente quiero agradecer en nombre de Pacho Hernández, acá presente, y en el mío, el voto de confianza que nos dieron para participar en su programación de actividades, sin otro mérito que el sentido común y la sensibilidad de dos pobres tipos, románticos eso sí, que han querido compartir con el público su gusto por el bolero"

miércoles, 4 de diciembre de 2019

En busca del Tren perdido.

Por H. Darío Gómez A.

Todo empezó por la nostalgia, esa memoria vital estudiada por Bergson. Rodrigo nos habló un día del tren y de la dicha de perderse en el vagón bar durante las casi 24 horas que duraba el viaje entre Bogotá y Santa Marta en el Expreso Tayrona. Yo recordé un viaje en tren de Medellín a Bogotá en compañía de mis hermanas, y mi temor de niño cuando anocheció, en pleno día, en el interminable túnel de la Quiebra. Paola no recordó nada porque ella es joven y cuando nació, el tren ya iba de retirada. Nos dio rabia al pensar que vivimos en un platanal sin tren. “No joda”, dijo Rodrigo, “tenemos que escribir acerca del tren”. Yo lo corregí y propuse escribir más bien acerca de la falta del tren y así rascarnos el prurito. Paola, que es nuestro ángel de la guarda, dijo que ella haría las fotos. Pero, si en Colombia no hay tren, ¿entonces de qué vamos a hacer las fotos?. Pues de los vestigios del tren. Así empezó todo.

 LLegando a Cachipay hay un puente...
 Y sobre el puente, un ferrocarril fantasma.
 En Fontibón encontramos una perla Art Deco: la Estación del ferrocarril.
En la Esperanza, la manigua se tragó la casa de los trabajadores de la Estación.

 Aparición de la Virgen del Carmen, patrona de los pensionados ferroviarios, en la Esperanza.
 Vestigios de la Estación de Puente Nacional, Santander.

Borges afirmó que ser colombiano es un acto de fe. Creer que en Colombia hubo alguna vez tren, es otro acto de fe. Nos remitimos a sus vestigios. Esta crónica apenas comienza.

sábado, 30 de noviembre de 2019

Circo sin nombre


Conocí el circo cuando cumplí nueve años.  “Tihany”, así se llamaba el circo que erigió su campamento de tres pistas con un aviso luminoso (como de casino de Las Vegas), en un baldío de la carrera séptima con calle veinticuatro, en el barrio Las Nieves de Bogotá, donde subsiste un estacionamiento que los domingos se convierte en el “mercado de pulgas de San Alejo”.  

Tengo la impresión de que no fue un espectáculo extraordinario para mi alma infantil,  ya que sólo me quedaron recuerdos caliginosos de bailarinas con trajes diminutos y penachos multicolores, y de unos payasos que realizaban su número en un pequeño auto convertible, con un telón de fondo donde proyectaban una película de persecución de carros, como en las comedias de Buster Keaton, mientras ellos salían y entraban con torpeza del vehículo, reemplazando alternativamente al conductor  (dueño de una enorme nariz de tomate y con zapatones verdes) que huía a brincos por la pista llevando en su mano enguantada el aro rosado del volante. Eso es todo lo que me quedó grabado. En cualquier caso, nunca olvidé el nombre del circo: “Tihany”.

Porque los circos, aún los más humildes, deben tener un nombre si quieren  permanecer en la memoria del público alucinado.  Creo que fue el poeta Edmond Jabés quien dijo que para existir se necesita ser nombrado.  Siendo así las cosas, hasta los circos que acampan como gitanos en los ejidos de los pueblos tienen nombres que encienden la curiosidad de los  niños: “Gran Circo de Tuerquita y Bebé”, “Circo Mágico del  Taumaturgo Baltasar”. Otros inventan nombres menos rimbombantes pero que evocan candorosamente la fama de los más exitosos:  “Circo de los hermanos Guasca”, qué sé yo.

Pero en las afueras de la ciudad de Bucaramanga, por la transversal metropolitana ganando ya la carretera que conduce a Girón, hay un circo sin nombre.  Está enclavado en el fondo de un barranco que se descuelga de uno de los dedos de la meseta parecida a una mano que sostiene la ciudad. Es como si en lugar de brillar con sus luces de fantasía para atraer a los parroquianos quisiera pasar desapercibido al abrigo de los estoraques, esos gigantes de piedra rojiza semejantes a guerreros de terracota esculpidos por el rigor de los tiempos.  Quizá se atornilló en ese terreno para no irse jamás, como el circo sempiterno de la ciudad itinerante de Italo Calvino que permanece estático en su solar mientras las caravanas de camiones cargan con los edificios públicos, las plazas, las escuelas, los bancos, los centros comerciales, las fábricas y las viviendas de la urbe rodante, para irse del lugar hasta la siguiente temporada. O acaso es un circo fantasma, que, como un perro viejo, sólo busca un lugar para echarse a descansar después de dibujar un circulo imaginario con su cuerpo.

Desde el taxi que me conduce al aeropuerto  de Palonegro por el dedo de la calle 61, que se prolonga en las circunvoluciones de transversal metropolitana, veo el circo sin nombre pasar. Digo mal. Él me ve pasar por la carretera, con esa dejadez  de paisano  extraviado por el sopor.  Yo intuyo, indiscreto,  a través de las líneas blancas y azules de la carpa,  al domador que cepilla con nostalgia el pelamen de la fiera moribunda, e imagino a la mujer barbuda consintiendo al contorsionista que se hace un ovillo en su regazo.  Entonces me estremece una rara sensación de ternura.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

PONTE SALSA EN DOMINGO

(*)Programa institucional de COMFAMA y la emisora LATINA STEREO en Medellín. Foto de H. Darío Gómez A.


Por: H. Darío Gómez A.

En 1938, cuando la Compañía de Jesús le compró a la Gobernación de Antioquia el edificio donde se levanta la iglesia de San Ignacio, en el centro de Medellín, nadie hubiera imaginado que el claustro neoclásico edificado a continuación de una de sus naves laterales (para alojamiento de los estudiantes del colegio y "a la mayor gloria de Dios") se convertiría ochenta años después en un bailadero dominical de salsa brava.

A decir verdad, desde que COMFAMA adquirió el edificio del Colegio San Ignacio para prestar servicios a sus afiliados y a la comunidad, los domingos del claustro son más animados.  Los ejercicios espirituales realizados con rigor militar por los novicios jesuitas durante sus caminatas vespertinas quedaron en la historia. En efecto, hoy en día los domingos de dos a cuatro de la tarde la salsa se toma por asalto el salón principal del edificio, que, como un templo libérrimo para el culto de los bailadores, abre las puertas a todos sus fieles. Allí, en ese recinto presidido por el escudo de la Compañía de Jesús tallado en piedra, entran democráticamente el parcero, la solterona otoñal, la muchacha mofletuda, el estudiante, el ñero, el gringo, la viuda,  la dama cincuentona y distinguida del barrio Laureles, el pensionado, el obrero, el oficinista, el ladrón, el transeúnte, la pareja enamorada y el desempleado. También son dignos de ver los niños que llegan acompañados de sus padres para dar sus primeros pasos de salsa. Porque en esa celebración el ambiente es familiar. Está prohibido el consumo de licor, por demás innecesario, pues allí solo se va a bailar. Ninguna otra pretensión tiene cabida en ese tributo al movimiento.

Medellín, como se sabe, es una ciudad con mucha oferta cultural; la gratuidad de la mayoría de sus eventos es una reivindicación democrática que sus ciudadanos aprecian, respetan y utilizan. Su sentido de pertenencia frente a los bienes públicos consolida la permanencia de sus actividades. Solo en este contexto es explicable ese ambiente de camaradería, esa generosidad entre personas tan distintas. Allí, en ese espacio salsero, no importa si uno es feo, pobre, gordo, bajito, mal vestido o todo lo anterior; siempre habrá una dama dispuesta a bailar, claro está, si se es buen bailador. No saber bailar es el único pecado irredimible en ese templo de la sabrosura.

Un hombre calvo de unos 45 años de edad baila con su pareja un mambo de Pérez Prado. Sus movimientos son eléctricos, frenéticos, al mejor estilo caleño. La mujer se entrelaza, da vueltas, se enreda y desenreda al tiempo que da saltos que terminan en una parada abrupta para volver a coger el compás. La pareja del hombre, quizá su esposa, da la talla; no podría ser de otra manera. Cuando termina el mambo el hombre está empapado en sudor; se dirige hasta un rincón del patio donde tiene su mochila, saca una botella de agua y un pañuelo: bebe, seca el sudor de su cabeza y cuello, bebe nuevamente, se enjuga el sudor de la cara, bebe una vez más. La cosa con él va en serio y así lo confirma su camiseta negra donde se lee en grandes letras blancas, para que todo el mundo sepa: “Mario Salsa”. El hombre regresa al centro del salón donde lo espera su pareja justo cuando empieza a sonar, “A las seis”, del sexteto de Joe Cuba en la voz de Cheo Feliciano. Mario sabe que es el rey del salón, el bailador de paso bravo que no le teme a la charanga, ni al boogaloo, ni al son, ni a la bomba, ni al mambo, ni a la guaracha, ni al guaguancó, ni a la plena. Cuando acaba de bailar regresa, esta vez con su pareja, hasta la mochila de los bastimentos: beben agua, se enjugan el sudor, beben… vuelve y juega. Antes de que inicie otro número con una orquesta en vivo patrocinada por Latina Stereo me acerco a Mario y le pregunto si es bailarín profesional. Sonríe y me dice que no, que es fundidor de profesión, pero lleva la salsa en la sangre desde que aprendió a bailar en Cali, y que solo espera los fines de semana para bailar y mantenerse en forma. La salsa es su felicidad, su razón de ser, el baile su catarsis. Mario Salsa, como los superhéroes de Marvel o DC comics, tiene una doble vida: entre semana es el anodino Mario X que trabaja en una fundición, pero los fines de semana se convierte en “Mario Salsa” el bailador de paso bravo y rey del Claustro San Ignacio. Como Superman, es un hombre de acero, no en vano trabaja en una fundición.

Los domingos la salsa se toma por asalto el Claustro San Ignacio, en el centro de Medellín. Pero los jesuitas ya están acostumbrados al destierro. Durante los últimos trescientos años han sido expulsados varias veces de nuestro territorio por la corona y luego por los gobiernos radicales envidiosos de sus fundaciones y ávidos de sus bienes. En esta oportunidad han sido expulsados por los bailadores de paso bravo, por la gracia de la música del caribe y "a la mayor gloria de Dios AMDG”.
(Claustro San Ignacio, en Medellín. Foto de H. Darío Gómez A.)

Terminada la jornada bailadora en el claustro, echo a andar por la carrera 44, hacia el norte, en busca del parque del periodista, el otro polo salsero del centro de Medellín.

El miedo



Por: H. Darío Gómez A.


Hay miedos metafísicos como los de la obra de Lovecraft, y miedos rales como los que suscitan setenta años de violencia en nuestra dolida patria. Basta leer las paginas rojas del periódico Q'Hubo para entrar en pánico. Todos los días muere gente por atraco, pelea, ajuste de cuentas, en fin, por exceso de fuerza policial, ya no digamos las ejecuciones extrajudiciales, llámeselas como se las quiera llamar. Vivimos con miedo, es verdad, y se entiende, porque estamos a merced de los delincuentes y de una fuerza pública que no es respetada ni querida,  sino temida con justa razón por sus abusos de autoridad, cuando no violencia desmedida o franca alianza con los delincuentes. Pero lo grave del hecho en sí, del miedo, es que no tenemos conciencia de que es una estrategia de dominación del statu quo. ¡Y de qué manera nos lo demostraron los hechos de la semana pasada!, cuando fuerzas oscuras, enemigas del paro, hicieron circular la especie de que hordas de desharrapados, muchos de ellos venezolanos "castrochavistas", cómo no, atentarían contra las casas de los ciudadanos de bien y entrarían a saco para llevarse sus pertenencias, rumores que, en efecto, estuvieron acompañados de conatos de ingreso a los conjuntos residenciales por parte de hampones a sueldo transportados en vehículos oficiales, para aterrar a la gente de bien, incluida mi adorada niña Iné, que me llamó angustiada e impotente porque se estaba entrando la turbamulta al conjunto, lo cual, por fortuna no se materializo (la intención, se sabe, era únicamente generar pánico).

Foucault sostiene en una de sus obras, "Vigilar y Castigar", creo, que por miedo nos sometemos voluntariamente a la vigilancia y control del Estado, para que nos proteja en nuestra vida, honra y propiedad privada; y esa dependencia determina las relaciones de poder, esto es, que renunciamos a la libre expresión y nos aguantamos un gobierno infame con tal de sentirnos protegidos del "extraño que viene a tocar a nuestra puerta" del que habla Sigmund Baumann; sí, hablo del extranjero, del venezolano "castrochavista" con el que nos quiere meter miedo el establecimiento, fomentando así la xenofobia contra un pueblo hermano que nos acogió en el pasado y al cual le debemos solidaridad, tendiendo de esta manera una cortina de humo al desgobierno y deslegitimando la protesta social.

Siendo así las cosas, vivimos en un sistema parecido al panóptico inventado por el utilitarista Jeremías Bentham, resignados a ser vigilados, disciplinados y controlados, con tal de que nos protejan la honra y los bienes, o sea, la propiedad privada. Lo terriblemente irónico del asunto es que, quienes nos protegen, son los mismos que nos están despojando, muchos de ellos aliados con políticos corruptos y delincuentes (cada vez es más difícil establecer la diferencia).

Sin embargo, por lo visto en estos últimos días, la gente ya no está comiendo cuento. Es un buen principio. Entre tanto, que sigan sonando los trastos de la cocina, para que no caigamos en la paila mocha.

sábado, 31 de agosto de 2019

"PATESCAUT", fanzine insolente y creativo.


Por: H. Darío Gómez A.


Editorial

Patescaut es una curiosa palabra que evoca la infancia de quienes fuimos críos en la Bogotá de los años setentas del siglo pasado; no figura en el diccionario ni siquiera como un colombianismo, y acaso esté condenada a desaparecer cuando muera el último de aquellos niños o desaparezca la única sobreviviente de esas niñas setenteras. Pero mientras eso sucede, la palabra en cuestión es como un santo y seña que alguien suelta al desgaire en una conversación, y cuando el interlocutor la escucha, se produce un reconocimiento, una complicidad entre pares. Porque Patescaut es eso, complicidad. Mas, ¿cómo definir de manera concreta dicha palabra? Sin pretender emular a doña María Moliner (ni más faltaba), podríamos arriesgar la siguiente definición: acción de entrelazar alguien los dedos de sus manos con las palmas hacia arriba para que otra persona ponga su pie sobre ellas, empujándola, para ayudarla a subir.

Patescaut sirve, entonces, para trepar a una amiga al árbol del parque y así alcanzar las cerezas o para robar curubas venciendo la tapia del jardín vecino.  También es útil para catapultar al camarada sobre el enrejado y recuperar el balón perdido en los extramuros del colegio, sirve en fin, para llegar juntos a otro nivel. Siendo así las cosas, es decir, habiéndonos asociado de manera cómplice, insolente y creativa, cómo no, para describir, fotografiar, opinar y plasmar a través del arte a nuestra ciudad amada, ¿qué otro nombre podríamos haberle puesto al fanzine?

De modo que con Patescaut saltaremos el muro de la gravedad y la trascendencia para escaparnos del destino que a veces se burla de las personas que se toman la vida muy en serio, y nos asomaremos al otro lado para apreciar, encaramados en el borde de un seto sabanero, lo bueno, lo malo, lo bello y lo feo de nuestra cotidianidad.

sábado, 27 de julio de 2019

130 años de "La Edad de Oro"

 (Foto de H. Darío Gómez A.)
Por H. Darío Gómez A.
Este mes se cumplen 130 años de la primera edición de “La Edad de Oro”, quizá la primera revista infantil de América Latina. Su redactor, Don José Martí, la fundó en julio de 1889 durante su exilio en Nueva York. Martí, hombre de ideas libertarias y pensador extraordinario, autor de ensayos políticos que influyeron en la independencia de su patria (Cuba), tuvo, sin embargo, tiempo para  escribirles a los  niños. Demostró con sus buenas letras, para beneplácito de Montaigne, que el ensayo también es un género literario y por qué no, una forma amena de relatar la ciencia, la cultura y las antigüedades.

Solo un hombre excepcional como él pudo entretejer su actividad revolucionaria con la aventura de hacer llegar su prosa exquisita a la infancia de un continente en formación. Supo trabajar por el presente dejando sentadas las bases del futuro. Martí fue consecuente con sus mentores intelectuales que, como Waldo Emerson, lo inspiraron para no seguir la senda, sino hacer el camino. Y, en efecto, a sus 36 años dejó un rastro indeleble en la mente infantil con “La Edad de Oro”.

Entre mis tesoros bibliográficos tengo una edición facsimilar de los cuatro primeros números de “La Edad de Oro, publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América”, esto es, los fascículos de julio a octubre de 1889. Se trata de una publicación de 1989, concebida para celebrar el primer siglo de la revista. No digo cómo llegaron a mí, pues la persona entrañable que me obsequió las revistas en 1992, cuando coincidimos en un Congreso de Servicios Bibliotecarios Infantiles, me hizo prometer que no mencionaría su origen. Es una lástima, porque esa historia también merecería ser contada a los niños de América. Sea como fuere, lo cierto es que Don José Martí sabía cautivar a sus lectores infantiles, de esta manera:

“Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz.”

“Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; (…) para que el niño conozca los libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los pueblos antiguos.”

“Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo”

¿No eran esas letras, acaso, las semillas libertarias sembradas en la mente infantil de Latinoamérica? No es gratuito, entonces, que la figura de Martí sea reivindicada por Tirios y Troyanos. En “La Edad de Oro” los niños podían leer temas tan interesantes como los siguientes: La Ilíada de Homero con dibujos, Cada uno a su oficio, Fábulas de Emerson, la Historia del hombre contada por sus casas, la Historia de la cuchara y el tenedor, la Exposición de París, en fin, las cosas que pasaban en esa esfera tan convulsionada que hoy llamamos mundo. No podía, en consecuencia, dejar pasar esta efeméride sin agradecerle a Don José Martí por la lectura de su “Edad de Oro”.

miércoles, 24 de julio de 2019

CRÓNICAS DE CAFETÍN

(Foto de H. Darío Gómez A.)

Por: H. Darío Gómez A.

II- La vendedora de “rifas exclusivas.”

Esta mujer que entra al cafetín con el jardín puesto no es una copera, pero ejerce el comercio en su mismo entorno laboral. Ciertamente “Mi Viejo Alemán” es su fuente de clientes cautivos, y esto último se afirma en sentido literal. De manera que la vendedora de “rifas exclusivas” atiende a sus anchas en las mesas del lugar. 

Hacia las seis de la tarde la muchacha inicia su jornada laboral con una escandalosa entrada al cafetín.  En efecto, su cuerpo curvilíneo, como el de la Venus de Rubens, causa alboroto en la estancia cuando los asiduos voltean a mirar,  todos a una y sin pudor, las redondeces que adornan su vestido ajustado. El perfume de flores que rezuma la mujer cautiva de inmediato a los clientes, casi todos de la tercera edad. Don Fabio, el embolador, mientras brega por lustrar mis botas de cuero graso, adivina la curiosidad en mi rostro y dice, sin necesidad de preguntarle, que su nombre es Berenice, la vendedora de unas rifas "muy exclusivas”.

“¿Berenice vende lotería y chance?”, indago.
“No, señor. Ella rifa plata en efectivo”
“¿O sea que la rifa juega con el número de alguna lotería?", insisto.
“No, señor. Juega con el número de la boleta”, refunfuña.
“¿Y quién responde por el premio si uno gana?”
“Pues, Berenice”, confirma el hombre con algo de molestia por mi duda impertinente.

La mujer se acerca a una de las mesas, saluda a tres ancianos de beso y se acomoda junto a ellos. Le brindan un aguardiente que ella acepta sin remilgos y despacha de un solo trago. Entonces extrae de su cartera un talonario y comienza a llenar las colillas con los nombres de cada uno. Les entrega las boletas y ellos pagan sin preguntar, con la fe del carbonero.

“¿Cuánta plata rifa Berenice?”, le pregunto a Don Fabio.
“Medio millón de pesos”
“¡Una fortuna!”
“Sirve para un desvare”, afirma el embolador con gesto mohíno.
“¿Y cuánto vale la boleta?, indago.
“Cinco mil”

Berenice es nombre de princesa judía. Hubo una, hija de Herodes Agripa, cuyo encanto embelesó al Emperador Tito. Es de suponer, entonces, que era tan guapa como nuestra vendedora de cafetín.  Estando en tales divagaciones me da por buscar en el Google de mi teléfono celular,  y encuentro que Berenice es un nombre de origen macedonio que significa “portadora de la victoria”; concluyo, entonces, que el suyo es un nombre predestinado a una mujer que vende rifas exclusivas en los cafetines de la novena o para una gitana que dice la buena fortuna. Ahora bien, a riesgo de teorizar sin fundamento, asumo que las boletas que vende Berenice no tienen mucha probabilidad de ganancia para los compradores que cifran sus esperanzas, ya no digamos en la buena fe de la muchacha o en la felicidad efímera que dan los premios en metálico, sino en la ilusión de volverla a ver.

Entre tanto, en los parlantes del local suena un tango que se duele porque “la pastora se ha caído al pedregal de donde ya no volverá porque una estrella la llevó donde se va sin regresar”.
Berenice, menos bucólica que la pastora de la canción, sabe que el tiempo es oro. No bien ha vendido su rifa a los ancianos, se levanta de la silla, se despide con un beso soplado al aire, y camina rumbo a la calle entre las mesas, contoneando sus caderas, a sabiendas de que los clientes habituales del café, incluido un tío que sale frecuentemente al zaguán para fumar, sueltan un suspiro cada vez que Berenice entra con el jardín puesto a “Mi Viejo Alemán”.

III-  El embolador.

Don Fabio es el embolador en jefe de “Mi Viejo Alemán”, un cafetín sin muchas ínfulas de la carrera novena con calle 16. Con todo, el sitio conserva su condición de ágora para los pocos tertuliantes de gabardina y sombrero Borsalino que circulan todavía en el centro de Bogotá.

“Mi Viejo Alemán” es un curioso anacronismo que, haciendo honor a su dudosa auto denominación de club social, congrega a los pensionados renuentes a permanecer ociosos en sus hogares. Ganando el zaguán oscuro que separa la estancia de la carrera novena, uno se topa de inmediato con las mesas metálicas, tan imbricadas, que apenas si hay espacio para circular. Al fondo, a mano izquierda, está el mostrador con una cafetera italiana cuyo aroma inunda el lugar. Todo se podrá decir de “Mi Viejo Alemán”, pero su café es un regalo para los sentidos. El ambiente es cálido y propicio para huir del frío de la calle.

Allí, en ese nicho de nostalgia perdido en el siglo XXI, atiende Don Fabio a su clientela. Da gusto verlo trabajar. Se trata de un hombre menudo, entrado en años, muy serio, cuya barba cana infunde respeto. Al hacerle la señal, don Fabio acude hasta la mesa y sin mediar palabra, con un gesto marcial, instala su cajón a mis pies. Un toquecito en el zapato me indica que debo encaramar el pie sobre el cajón. Obedezco. Entonces inicia la danza del cepillo removiendo las células muertas del cuero curtido. Nomás con la primera cepillada se diría que ya le sacó todo el brillo al calzado, pero no. Apenas comienza el ritual del trapo, restregando el betún con movimientos circulares tan vigorosos, que se siente en los dedos el masaje terapéutico que traspasa el material inerte del zapato. Luego viene la segunda cepillada para sacarle nuevo brillo al calzado; mas, es un brillo diferente, superior al inicial. Pero ahí no para la cosa. Cuando uno cree que es imposible sacar más lustre, el buen hombre vuelve a embadurnar el zapato con betún, lo riega con unas gotas de agua y repite la operación. Finalmente, con un nuevo trapo y a dos manos, frota de manera enérgica la superficie, como intentando resucitar las células muertas del material. Y sin duda lo logra. Viene otro toquecito en el zapato que se interpreta como una orden perentoria para bajar el pie del cajón y poner el otro sin demora con el fin de repetir la operación.

Cuesta dos mil pesos este renacimiento del calzado. Darle a los pies la oportunidad de reestrenar zapatos vale lo mismo que un tinto. Sin embargo, esta es una dicha efímera, dura lo que alcanza uno a caminar hasta la primera losa suelta del andén, esa, que al pisarla escupe un chisguete de argamasa que pringa hasta las fibras más íntimas del pantalón. Pero esos pequeños accidentes que ocurren en la vida no están incluidos en la garantía de servicio de Don Fabio, el embolador en jefe de “Mi Viejo Alemán”.