Portafolio

En este blog encontratás los portafolios de las organizaciones conformadas por ciudadanos activos y participativos que realizan su labor de gestores y actores culturales en la ciudad de Bogotá, Colombia.

martes, 21 de abril de 2015

"Tiempo de morir", ¿un verdadero western?

Con ocasión de la conmemoración del primer año de muerte de nuestro Premio Nobel de Literatura

(Foto de www.proimagenescolombia.com)



"Por más caro que sea un hombre, no puede costar más que eso"
Juan Sáyago refiriéndose a los dieciocho años de cárcel que pagó –“uno detrás de otro”- por la muerte, en un duelo, del padre de los hermanos Moscote.

Por: H. Dario Gómez A.

Aceptar públicamente que adoro los filmes de vaqueros y que, en cambio, la gran obra de García Márquez -salvo sus reportajes, cuentos y guiones- no me trasnocha, resulta políticamente incorrecto por estas calendas conmemorativas, más todavía en mi patria donde la unanimidad en ciertos temas es endémica. Sin embargo, esa circunstancia tan banal tiene como única virtud la de ser cierta.

Quizá por eso, por tratarse de pistoleros, el guión de la película “Tiempo de morir”, escrito por nuestro Nobel de literatura y aderezado de manera estupenda con diálogos de Carlos Fuentes, me encanta. La historia de García Márquez tiene todas las trazas de un western. Los puristas del género me dirán que una verdadera película de vaqueros sólo se puede desarrollar en un contexto espacio temporal específico, es decir, durante el siglo XIX en un pueblo desértico del oeste norteamericano y nunca, por supuesto, en un pueblo de tierra caliente del trópico colombiano a mediados del siglo XX, como sucede en “Tiempo de morir”.

Mas, a riesgo de teorizar sin fundamento, me parece que el verdadero espíritu del western está en sus motivos. La venganza, el duelo, el honor y la justicia por propia mano ante la actitud negligente, cobarde o cómplice de la autoridad, son su esencia. Con lo anterior quiero decir que, estando presentes en una película uno o varios de tales motivos, ésta será para mí un western, sin importar que los hechos ocurran en un pueblo del Japón feudal, como en la película “Los siete samurais” de Kurosawa, o en un pueblo polvoriento de la Guajira, como bien podría suceder en “Tiempo de morir” (en la versión de Jorge Alí Triana de1985).

En el caso que nos ocupa, el motivo central de la película es una mezcla de machismo, honor mal entendido y deseo ciego de venganza de Julián Moscote, que sólo se podrá materializar con la muerte -mediante duelo- de Juan Sáyago, asesino de su padre.  De hecho el duelo, según afirma Elizabeth Frenzel (Diccionario de motivos de la literatura universal), fue considerado durante mucho tiempo como el medio más prestigioso de eliminar ofensas. Su misión consistía, anota Frenzel, no tanto en el castigo de los delitos –recordemos que Juan Sáyago ya había pagado su delito con dieciocho años de cárcel- cuanto en la expiación de la ofensa como única vía para una posible reconciliación.  

La película “Tiempo de morir”, tanto en su primera versión de 1965 (la del mexicano Arturo Ripstein), como en la versión colombiana de Jorge Alí Triana (1985), está cundida de frases lapidarias que, lejos de restarle mérito, constituyen uno de sus encantos.  No hay que olvidar que guión y diálogos fueron escritos por dos gigantes de la literatura contemporánea. Acá algunas frases que me conmovieron:

“Tienes tanto miedo de matar que lo vas a matar de puro miedo...”
“Un muerto pesa mucho”
"Yo no vine en plan de pelea, yo nomás vine"
"Por más caro que sea un hombre, no puede costar más que eso"

Y, cómo no, al igual que una película de pistoleros en el lejano oeste norteamericano, “Tiempo de morir” culmina con un plano americano que detalla el duelo mortal entre el impetuoso Julián Moscote (Sebastián Ospina) y el prudente Juan Sáyago (Gustavo Angarita), que, ante el acoso interminable de aquel, se ve en la encrucijada de matar o morir.

Ahora bien, en gracia de discusión, como dicen los letrados, si me fuera dado realizar una tercera versión intemporal de “Tiempo de morir” en el más puro formato western, la rodaría en un desfiladero de Arizona con el siguiente reparto en sus mejores épocas:

Juan Sáyago: Clint Eastwood
Julián Moscote: Mel Gibson
Mariana (la eterna novia de Juan Sáyago): Sofía Loren
Música: Ennio Morricone

La historia de García Márquez es, en todo caso, extraordinaria, y para reafirmar mi gusto por el western, tendría que agregar en su defensa el siguiente argumento de Borges: "Creo que en la actualidad, cuando los literatos parecen descuidar sus deberes épicos, son los westerns los que, por extraño que parezca, han rescatado la épica..." (The Paris Review, 1967).

miércoles, 15 de abril de 2015

Dígale que yo la quiero, que qué buena hembra

(Mujer con sombrilla, escultura de Botero, Museo de Antioquia, Medellín. Foto de H. Darío Gómez A.)

La guerra no es sólo una sucesión de actos absurdos motivados por intereses mezquinos y alimentada con la carne de cañón de los desposeídos, sino que además cuenta con un agujero negro que se traga la poca humanidad que les resta a sus actores. Pero a veces algo queda. De suerte que en medio del horror hasta los más duros combatientes se llevan al sepulcro, como único bien cosechado en este mundo, el recuerdo de una caricia a título precario, la sensación de un roce de piel transado de antemano, el perfume barato de la “damisela” untado al pellejo.

Más allá de la barbarie, la devastación, el abuso sexual, la violencia de género (las mujeres son consideradas como botín de guerra), el reclutamiento forzado de jóvenes y menores de edad para  prestar servicios sexuales a los alzados en armas, en fin, de la estadística y la desesperanza, a veces surge en las entrañas del guerrero el amor o algo parecido, pues tal lujo burgués pesa más que la munición en el morral de campaña, y no conviene dejarlo pelechar en el monte.

En un interesante artículo de Mauricio Rubio (El Espectador, septiembre 27 de 2012) sobre las relaciones sexuales de los combatientes en medio del conflicto, el autor cita unas cifras de la Fundación Ideas para la Paz.  Y he aquí que entre la maraña de porcentajes e indicadores sociológicos, se destacan las declaraciones de algunos protagonistas de la problemática objeto del estudio, que me conmovieron por  la extraña ternura que subyace tras su crudeza:


Una damisela del conflicto, la geisha paisita, tiene su teoría sobre por qué en los grupos armados siempre hay clientela fija: “los combatientes también necesitan el aliciente del amor para pelear con valentía”.

Antes de morir ajusticiado un guerrillero le manda saludes a Rocío. "¿Es la puta gorda de San Vicente?" le preguntan. "Sí, esa. Ella me gusta… Mejor dicho, dígale que yo la quiero, que qué buena hembra".

La postrera voluntad del guerrillero ajusticiado por sus camaradas, que acaso fue reclutado desde la niñez y nunca conoció el afecto, me recuerda el poema de Ciro Mendía -extraordinario poeta antioqueño-, que reza:

Dígale a Ema Arboleda,
De la calle de Lovaina*,
Que esta vida es una vaina
Y su carne fue de seda
(*Antigua calle de Medellín, famosa por su zona de tolerancia.)

No le falta razón a la geisha paisita en el sentido de que hace falta algo de amor para afrontar el absurdo. Y ojalá que alguien le haya entregado a Rocío las saludes del ajusticiado. 

¡Esta vida es una vaina!, como dice el poeta.

lunes, 13 de abril de 2015

El precio de la boleta: ¿una barrera de acceso a la Feria del Libro?

"También en las artes y las letras el industrial desalojó al artesano"
Nicolás Gómez Dávila

El próximo  21 de abril de 2015 se iniciará  la vigésima octava versión de la Feria del Libro de Bogotá, un importante evento que es para la cultura del libro contemporáneo, guardadas proporciones, lo que La Divina Comedia de Dante es para vislumbrar el pensamiento de la Edad Media. Consiste en una estupenda oportunidad, ya no digamos para el encuentro de escritores y editores con el gran público, sino también para el deleite del ciudadano de a pie que cuenta con este espacio estelar para acercarse al libro que le es tan esquivo en otras épocas del año, ora por desinterés, ora por falta de tiempo o de dinero (sobran excusas para no leer). Lo cierto es que si bien la afluencia de público ha sido masiva históricamente, hecho que se ha visto reflejado en el éxito de las ventas, también lo es que muchos asistentes no pueden adquirir libros durante la feria por sus precios elevados, sumados, como no, al costo de las entradas. Se me dirá que siete mil pesos (valor de la boleta) no son gran cosa, pero si uno multiplica esa cifra por cinco (tamaño promedio de una familia), resulta una suma representativa para muchos bogotanos de escasos recursos. En nuestro Sistema de Seguridad Social en Salud, que es el que más conozco, se ha acuñado el término, “barrera de acceso financiera”, para significar que la cuota moderadora, por barata que sea, puede llegar a impedir el acceso a la atención médica de la población más vulnerable, en contra vía de la política pública de fomento de la salud, o de la lectura para el caso que nos ocupa. 


Con lo anterior no quiero decir que la entrada deba ser gratuita (sería inmanejable el evento en Corferias), sino que el valor de la boleta podría ser más democrático: pongamos por caso, de tres mil pesos por adulto y dos mil pesos por niño, que es más o menos, al cambio oficial, lo que cobra la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.  De igual forma, considero que los asistentes al evento podrían recibir más por el precio de la boleta que pagan. Yo recuerdo que hace veinte años, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, los patrocinadores del evento eran generosos y realizaban en las  tarimas del recinto ferial varios conciertos con artistas famosos de los países invitados, y las editoriales otorgaban a los asistentes precios de feria mucho más favorables que los de vitrina en las librerías de la ciudad. Pero ya no. Conozco varios lectores que han dejado de acudir a la Feria del Libro porque encuentran en las librerías tradicionales de Bogotá todas las novedades de feria a precios inclusive menores que en el evento en cuestión. Y sin pagar siete mil pesos de más (amén de taxis y refrigerios) ni padecer las multitudes.


En fin, es una idea disparatada e insustancial de un peatón amante de los libros, que ni quita ni pone. Mas, es lo cierto que hay en la calle una sensación, cada vez más generalizada, de que los patrocinadores, organizadores  y expositores de la Feria Internacional del Libro de Bogotá se están anquilosando por la fama, volviéndose cada vez más avaros y menos creativos.  No sólo lo digo yo, también “me lo dijo Adela”.

martes, 7 de abril de 2015

Se murió el papá Noel de los colombianos

(Foto de La silla vacía)

Pero nos dejó de regalo su legado 

“Yo había puesto en mi pecho un letrero que decía: cerrado por demolición. Y aquí me tiene usted pintando las paredes y abriendo las ventanas” 
C. Pellicer


Carlos Gaviria Díaz, o papá Noel, como le decían candorosamente mis hijos, hizo con su ejemplo de vida una cosa muy rara aquí en Colombia: nos recordó que todavía existe en el sector público gente sabia, decente, leal, metódica y coherente. ¿Quién no puede decir que este San Nicolás laico y librepensador (porque a decir verdad era igualito a papá Noel), nos hizo el milagro de devolvernos  la esperanza en la probidad de las instituciones? La justicia social fue, sin duda, la preocupación más urgente del maestro Gaviria Díaz. Y quizá había otra coincidencia de Gaviria Díaz con San Nicolás de Bari, (aparte del parecido físico que ponen de presente mis hijos), en su opción de vida a favor de los desvalidos. Son memorables sus ideas democráticas y filosóficas enmarcadas en el concepto de Estado Social de Derecho, ya desde la cátedra, ya inmersas en sus sabias sentencias, ya en su legado político valiosísimo. 

No en vano, como lo cuentan sus propios hijos en el  homenaje de El Espectador, ellos le decían “el papá”, palabra que involucra el respeto y cariño que sólo se puede profesar por un patriarca sabedor. Si fuera viable clasificar a un hombre por sus pensamientos, en todo caso no cabría, a mi juicio, en la casilla de la izquierda, a veces dogmática y excluyente. El maestro Gaviria Díaz era un espíritu libérrimo. Acaso creía como Bertrand Russell, el gran filósofo inglés, que parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas. Mejor dicho, estamos en manos de un puñado de irresponsables.

Mas, es lo cierto que se murió en semana santa el papá Noel laico y sabio de los colombianos, y sólo nos queda la responsabilidad histórica de seguir su senda, pero sobre todo, ocurre agradecer su legado, remachado con los clavos dorados del ejemplo. Uno hubiera esperado más expresiones de reconocimiento y gratitud por parte de los medios, pero al fin y al cabo, ya lo decía José Martí: “La gratitud, como ciertas flores, no se da en la altura y mejor reverdece en la tierra buena de los humildes”

Hasta siempre, maestro Gaviria Díaz.

lunes, 30 de marzo de 2015

Comentarios al documental "La Poesía del adiós", de Alejandro Gómez B



“Nadie muere realmente mientras haya quien lo recuerde”. Así reza un epitafio en la tumba de Natividad Solís en un cementerio de Cali. Acaso estas palabras resumen la complejidad de los sentimientos que acompañan la tristeza del deudo frente a la muerte del ser querido: remordimiento, tranquilidad, frustración, nostalgia, rabia, qué se yo. 

Un hacedor de lápidas, maestro de artes plásticas de la Universidad de Antioquia por más señas, comparte su visión de la muerte desde la estética, cómo no. Cada deudo, arguye el maestro, quiere plasmar en la lápida una imagen ideal del trance de su muerto hacia la eternidad: un ángel que le extiende la mano, su retrato de mejores épocas, el escudo del Atlético Nacional del cual era seguidor furibundo, en fin, una virgen que lo acoge amorosa en el portal del cielo.

Por su parte, un hincha del Santa Fé, en Bogotá, no cree en lápidas ni en tumbas; de suerte que se manda tatuar en un brazo la imagen de su parcero muerto por la intolerancia, para llevarlo siempre consigo.

En el cementerio de San Juan del Cesar, en la Guajira, un admirador de Juancho Rois, famoso acordionero y compositor vallenato, se duele de la pobreza de la tumba de su ídolo y opina que en lugar de un epitafio manido mejor hubieran grabado en su lápida la letra de una sus canciones.

El enterrador del cementerio de San Pedro, en Medellín, después de varios años de estar colocando lápidas en los columbarios, considera que los deudos quieren corregir en los epitafios las omisiones que cometieron en vida con el muerto:  palabras nunca dichas, sentimientos no expresados, perdones aplazados.  Concluye asimismo, que muchos epitafios reflejan la idealización de un muerto que en vida quizá no fue tan virtuoso como aparece inscrito en la lápida: padre amoroso, fiel esposo, inmejorable amigo.

Sea como fuere, en “la poesía del adiós”, para prolongar la memoria de los muertos, conviven en una misma lápida (si el término se admite) lo cursi y lo sublime, elementos tan disímiles como el escudo del Santa Fé y el epitafio del poeta J. Keats que nos recuerda con estoicismo admirable:“Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”

viernes, 6 de marzo de 2015

La noticia infame de cada día

El Espectador, Marzo 4 de 2015

"Por desnutrición y diarrea aguda han fallecido 20 menores en Chocó durante 2015"


Esta noticia, que pasó desapercibida para la mayoría de los ciudadanos, debería causar escándalo en un país decente. Pero, claro, ni el saneamiento básico (agua potable, alcantarillado) ni la nutrición infantil son prioridades del establecimiento. Las cifras son contundentes: el presupuesto para la promoción de la salud y prevención de la enfermedad no llega ni al tres (3%) por ciento de la inversión anual del Sistema General de Seguridad Social en Salud (Fuente: Res.5965/14 Minsalud, Presupuesto FOSYGA 2015).

Mi abuela Sofía, con un sentido común digno de su nombre, decía que es más barato prevenir que curar. Una fórmula tan simple como esa también funciona en un Sistema de Salud. Pero nuestro modelo de salud no está enfocado en la prevención sino en la (mala) curación de enfermos. Claro está, los que no dejan morir de manera infame por diarrea o desnutrición, como los niños del Chocó que son apenas los botones de muestra.

Y como en la obra de teatro del Nobel de Literatura, Darío Fo, "Aquí no paga nadie".

lunes, 16 de febrero de 2015

Currambero glacial




El Carnaval de Barranquilla no es simplemente un evento festivo para celebrar las carnestolendas; es un estado del alma, una verdadera cosmovisión, parte del matalotaje que nos llevamos puesto como un abrigo que nos protege del frío de la melancolía, cuando estamos lejos del terruño. Este currambero glacial así lo demuestra.

jueves, 29 de enero de 2015

Vigencia del "western" en Colombia


Adoro el Western. Y a despecho de sus detractores, este delicioso género cinematográfico no morirá, al menos mientras viva ese gigante de rostro pétreo y mirada insondable llamado Clint Eastwood. Siempre llevaré conmigo la imagen del pistolero sin nombre -el bueno de la trilogía del dólar de Leone- que comparte su cigarro con un soldado moribundo, víctima de la absurda –como todas- guerra de secesión.

Los sábados por la tarde suelo encerrarme a ver mis películas del oeste, sin esposa ni descendencia que interrumpan mi cinefilia. Congruo privilegio de quien, como yo, pasa del medio siglo de trajín.

El caso es que hacia las seis de la tarde llega doña Inés del alma mía, me encuentra encerrado a oscuras en nuestro cuarto y me pregunta con desconfianza: -¿Qué estás haciendo? - entonces le digo que estoy viendo una película que trata de unos mineros que trabajan en las montañas del oeste explotando oro de aluvión de manera artesanal, es decir, respetando el río. Y que, no lejos de allí, hay un poderoso imperio de explotadores industriales de oro que bombardean la tierra con agua a presión para erosionarla y agotar su manto de forma irresponsable,  contaminando los cuerpos de agua con arsénico. No satisfechos con esto, los poderosos industriales quieren apoderarse de la tierra de los mineros artesanales, y en aras de conseguirlo, contratan a un grupo de temibles matones para intimidarlos y despojarlos. Afortunadamente llega como de milagro un predicador, pistolero penitente –Clint Eastwood-, para defender a los artesanos de los bandidos. Finalmente este justiciero solitario acaba hasta con el nido de la perra, redimiendo así a los oprimidos, ¡que ironía!, no con salmos ni con oro, sino con físico plomo.

Pero doña Inés me responde algo molesta: -si no quieres contarme, está bien, pero no me vengas a repetir las noticias de ayer. –Y, en efecto, salvo por el predicador, pistolero penitente, caigo en la cuenta de que en el oeste, pero el oeste antioqueño, los mineros artesanales del bajo Cauca están siendo amenazados, despojados, perseguidos y asesinados por bandas criminales -antes denominadas narco paramilitares-, dedicadas ahora a la explotación indiscriminada del oro, contaminando y dragando el río Nechí y otros tributarios del río Cauca.

Ante la infortunada coincidencia, le insisto a doña Inés Elvira que la película que estaba viendo se llama “El Jinete Pálido”, que es un Western recreado a finales del siglo XIX en el oeste norteamericano, producido, dirigido e interpretado por Clint Eastwood, y que fue estrenado en 1985. Es decir, hace treinta años. Y que si no me cree, pues que vea la película conmigo. Mas, ella intuye el mal negocio que haría en caso de aceptar mi propuesta, y declina la invitación.

De esta anécdota insustancial sólo me queda claro que el western, género que se creía agotado, conserva plena vigencia en nuestra sufrida patria; al menos desde el punto de vista argumental. Y lo peor es que no se prefigura ningún predicador, pistolero penitente, que, como un jinete del apocalipsis, venga a librarnos de los bandidos.

créditos foto: Museum of cinema, www.flickr.com

lunes, 26 de enero de 2015

Bulevar Niza cambió sus gratas terrazas por más locales comerciales

(Créditos foto: Sites.google.com)

Salvo Unicentro, en los años ochentas del siglo pasado no había en Bogotá centros comerciales dignos de consideración. Pero en 1989 se inauguró Bulevar Niza, un novedoso edificio al noroccidente de la ciudad, ubicado en el cruce de la Avenida Suba con la calle 127.

Su diseñador, el arquitecto Germán Samper, le imprimió un estilo particular como de  buque futurista, con un enorme domo circular al centro y unas singulares estructuras metálicas de ventilación en sus extremos, parecidas a los manguerotes de las escotillas náuticas.  Bulevar Niza es un centro comercial generoso en espacios de circulación y luz cenital para deleite de sus visitantes. En el tercer nivel hay una superestructura concebida principalmente para los restaurantes, que simula, a mi juicio, el castillo de proa del barco (y he aquí lo más encantador), donde se extienden varias terrazas, como las cubiertas generosas de un buque anclado a los pies del cerro de Suba, orientadas hacia sus cuatro costados.

Las terrazas con vista al occidente de la ciudad (y aquí debo hablar en pasado) eran la delicia de muchos visitantes, que, como el suscrito en compañía de sus hijos pequeños, disfrutaban el paisaje de los cerros de Suba con sus casitas estilo suizo enmarcadas por los arreboles del atardecer sabatino.  Y allí podíamos durar una hora degustando los helados, manjares y golosinas que venden en el tercer nivel, abanicados dulcemente por el aire libre. Era una dicha pequeña para esa generación urbana de niños nacidos en las postrimerías del siglo XX, que sólo contaba con los centros comerciales como punto de encuentro y esparcimiento. Un balcón amigable para la contemplación del ocaso en medio de la ciudad aturdida.

Pero con la ampliación del centro comercial iniciada en 2013, clausuraron las terrazas.  La gula comercial y el ánimo de lucro desmedido de los copropietarios y administradores de Bulevar Niza pudieron más que la conservación de espacios amables para sus propios clientes. Decidieron "tugurizar" (si se admite el término) el tercer nivel construyendo nuevos locales en las (otrora encantadoras) terrazas para ampliar sus ingresos a costa de la comodidad de los compradores. Se nota la mezquindad en los espacios atiborrados de mesas, donde los clientes no se demoran más de cinco minutos consumiendo, a la carrera y sin gozo, los alimentos comprados.

Quizá una forma poco ortodoxa, pero efectiva, de tomarle la temperatura a la salud mental de la gente sería analizar la manera como disfruta el tiempo libre.  Así por ejemplo, en el tercer nivel del centro comercial Bulevar Niza, uno puede ver a los clientes de sus restaurantes comer con una disposición entre frenética y ausente, acaso asfixiados por la ausencia del aire libre. ¿Tanto trabajar durante la semana para eso? En fin, cada cual disfruta su fin de semana como puede, o como quiere.

Mas, es lo cierto que extraño esos sábados por la tarde asomado con mis hijos al balcón del centro comercial de marras. Hacen falta las terrazas en el centro comercial Bulevar Niza, y en la vida, cómo no. Es importante asomarse de vez en cuando al balcón del alma para tomar el aire fresco de la mañana o aún la brisa melancólica del atardecer, para no condenarnos de antemano a la confinación perpetua.

Que lástima en todo caso!


viernes, 23 de enero de 2015

Elogio del rebuscador




"Trabajando, para el pueblo, trabajandoooooo... /
trabajando en todo momento toda una vida me pasé yo, /
si usted quiere en estos momentos voy a contarle lo que hice yo. /
Para lograr mi mantenimiento, fui cocinero, fui pescador, /
fui carpintero, fui panadero, fui carretero y fui leñador...  /
fui comerciante, fui detallista, casamentero y enterrador, /
luego cartero, luego lechero, chicharronero allá en Bayamón... /
músico poeta y loco, de todo un poco he sido yo"
Canción "Trabajando" (Howy Lewis) cantada por Daniel Santos. Disco "Johnny y Daniel, los Distinguidos", 1.979, Fania Records.

Conviene aclarar de entrada que el rebusque no merece ningún elogio.  Porque el rebusque es sinónimo de precariedad, de opción alternativa a la falta de oportunidades y a la inequidad. Es el acicate de las autoridades para justificar el subempleo y la informalidad, para disfrazar sus estadísticas mendaces, en fin,  es el expediente al que tienen que acudir los más infortunados para no dejarse de morir de hambre.  Elogiar el rebusque sería tanto como elogiar la terapéutica ejercida desde ultratumba por el venerable José Gregorio Hernández, para curar la enfermedad.

El rebuscador, en cambio, y por supuesto la rebuscadora -en nuestro país la pobreza tiene rostro de mujer, dijo acertadamente una de ellas-, son ciudadanos, y aun menores de edad, que con su ingenio  y valentía intentan mitigar los apremios del destino. De esta suerte, los rebuscadores se suben a los buses para vender chocolates de Turquía con dudosa fecha de vencimiento, dan conciertos de arpa para amenizar los “trancones”, y narran cuentos capaces de arrancar sonrisas o lagrimones a los pasajeros abúlicos del transporte público.  Ni el Gobierno ni los empresarios avaros -no todos, desde luego- se ocupan de los rebuscadores. Pero ante su incapacidad para resolver los problemas sociales, los burócratas deciden bautizarlos. Y para tal efecto utilizan eufemismos tan ridículos como: trabajadores informales, habitantes de calle, adultos mayores, menores adultos, adolescentes en riesgo, mujeres cabeza de familia, discapacitados, “migrantes”, recicladores, “prostitución infantil”, ¡háganme el favor!, población vulnerable, y otras lindezas de tenor parecido.

Y los rebuscadores ocupan el espacio público, claro está. Tienden en los  andenes sus colchas con mercancías ordinarias, algunas candorosas, otras extravagantes; sus versiones “pirateadas” de los “best sellers” y de los estrenos cinematográficos; sus carritos adaptados para la venta de chicharrón y perros calientes, sus termos con tinto y agua aromática; sus maromas de saltimbanqui, sus canciones de Celia Cruz con karaoke y parlante de pilas, qué sé yo. Y eso ofende, es lógico, a quienes se  creen dueños del espacio público que accede a sus propiedades privadas.  De manera que llega la autoridad competente a retirar por la fuerza a los rebuscadores, con todo y sus mercancías; y acto seguido, ocupan el espacio público recién evacuado, las camionetas oficiales  de nuestros funcionarios públicos –con toda su caravana de escoltas- que duran estacionadas por horas en los sitios prohibidos, impidiendo el tránsito peatonal por las aceras -como pasa en Usaquén-, mientras ellos comen en los restaurantes de moda  por cuenta de nuestros impuestos.

Pocas veces he visto un cuadro más patético que un camión de la policía con las pertenencias decomisadas a los rebuscadores. Las bicicletas encaramadas a las malas sobre los carritos de hamburguesas lucen desamparadas sin sus dueños; las sombrillas destilan lágrimas terrosas por los pliegues de sus lonas desteñidas, y los cajones de dulces y chicles miran con desesperanza sus entresijos regados por el piso.

-“Aquí no hay oportunidad. Capacidades son las que tengo. Fíjese no más la capacidad de aguante. Pero estoy en desventaja. Cada día empezar de cero, buscando los tres golpes, si tuviera al menos el desayuno asegurado.”  -dice el vendedor del cuento de Aymer Zuluaga. Contundente.  Y eso es precisamente lo que yo elogio del rebuscador: su persistencia, su capacidad de volver a empezar cada día contra todo pronóstico, su desafío al absurdo.  Es que en Colombia “los héroes si existen”.

creditos foto: www.flickr.com

miércoles, 31 de diciembre de 2014

A la buena poesía también se llega por la mala poesía

(Mujer rolliza de Botero en el Museo de Antioquia. Foto de H.D. Gómez A.)

(Créditos foto: www.flickr.com)

No recuerdo de quien es la máxima que da título al presente post, pero a mi pariente Rodrigo Peláez y al suscrito nos ha servido de pretexto  para tertuliar (si se admite el verbo) sobre lo cursi. En tal virtud, hemos recitado con mucha prosopopeya los versos de doña Amparo Canal de Turbay, epítome de la cursilería, nomás por el placer mezquino de contrastar sus rimas disparatadas, pongamos por caso, con los párrafos sublimes de un Robert Graves.

En esta ocasión, y por pura falta de oficio en estos días decembrinos, Rodrigo trajo a colación un poemilla encontrado en un recorte de periódico del año 1942, cuando aún había desocupados que comentaban las noticias en verso. Para el caso que nos ocupa, los versos versan sobre un hecho de sangre (muy prosaico, por cierto) producto de los celos.

Transcribo a continuación el aporte de Rodrigo a la tertulia de hoy.


“Darío: este es el poema del que te hablé, si es que puede llamarse poema a este re-cursi esperpento producto de un recursivo poetastro anónimo. 

Los hechos: el lunes 21 de diciembre 1942 Rosa Blandón le rompió en la cabeza un tubo de cemento a su esposo Roque Rozo, porque lo encontró enamorando a una fámula.

Rosa Blandón vs Roque Rozo

-Es mi pasión cual tremulante axioma,
Que con tu esencia virginal empalma…
Vos sos la aeronáutica  paloma
Que cuando Efebo en el zenit asoma
Acuatiza en el piélago de mi alma.

-Para elevar mi frágil existencia
cual astro rey a la región vacía
y alcanzar de tu amor la omnipotencia
deja que el netar de tu casta esencia
perjume mi sectaria anatomía!

-¡Cómo es vusté de fino y de galante!
-No, mi amor. Es que yo, cual el artista
de mente aristotélica y pensante,
bebí mi espiración piedracielista
en las mesmas termopilas del Dante.

Y haciendo así de su elocuencia gala,
Mientras lucía una especial sonrisa
Conquistadora , le arrastraba el ala
Roque Rozo a una fámula rolliza.

Pero cuando se hallaba en la fina
De aquel idilio dulce y cadencioso,
Saltó de una manera repentina
Al escenario la mujer de Rozo.

-¡Ah, maldito infidelio tuntuniento!
-dijo Rosa Blandón- y acto continuo,
con ademán feróstico y violento
le quebró a aquel esposo adulterino
en la cabeza un tubo de cemento.”



Escuchado el anterior poema, concluí que yo tampoco hubiera sido capaz de firmarlo.

martes, 23 de diciembre de 2014

Que Dios le conceda el doble de lo que usted me desea

(Alumbrado de Medellín, diciembre de 2014. Foto de H. D. Gómez A.)

"No busques que dar. Date a tí mismo" S.Agustín 

En esta época de buena disposición de los corazones, quiero extender a los queridos gestores culturales que visitan este  blog la bendición que, a mi juicio, es el compendio  de los valores de empatía y alteridad:  

“QUE DIOS LE CONCEDA EL DOBLE DE LO QUE USTED ME DESEA”

Desde luego esta no es una sentencia tomada de san Agustín, sino que fue copiada de un aviso muy común -que los conductores suelen poner en las cabinas de los buses urbanos- generalmente seguido de otras advertencias no tan metafísicas y menos altruistas, como:

“NO TRAIGA MACHETE, AQUÍ LE DAMOS”

"ENTRE MÁS TIMBRE, MÁS LEJOS LO LLEVO" o,

“SI EL NIÑO ES DEL CHOFER, ENTONCES NO PAGA PASAJE”

Ahora bien, ante la andanada de palabras  trilladas y el tráfico de frases hechas, mejor comparto con ustedes  el silencio reparador, propicio para el encuentro  con la esperanza.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Reivindicación del asterisco (*)


(diente de león, créditos foto: www.taringa.com)


(*)


El asterisco es una flor de tinta atrapada en un folio.

Se me ocurre que algún leguleyo inveterado le atribuyó (en día aciago) al indefenso asterisco, el uso mezquino que le da la segunda acepción del diccionario de la RAE para indicar que una forma, palabra o frase es hipotética,(…)”  Según eso, el asterisco es una entelequia, una cosa irreal, (para seguir con las segundas acepciones de la RAE).

Y esa triste flor ortográfica, el asterisco, digo, después de ser embalsamado con tinta indeleble por algún rábula, según creo, fue esclavizado entre dos paréntesis para llamar eternamente a engaño a los incautos. Para erigirse en el signo oficial de la trampa impresa.

Hoy vemos al pobre asterisco debutando de calanchín en las abstrusas ofertas de los supermercados y en los folletos falaces de los operadores de telefonía celular.

El asterisco es el bufón de la excepción, el sofisma del ardid, la condición resolutoria del tejemaneje. Pobre asterisco.

Un día de estos saldré con un borrador de tinta y una espátula vengadora para liberar al asterisco de los paréntesis constrictores que lo atormentan, y así devolverlo al espacio aéreo para que recupere su ingrávida condición de hélice libérrima o de inflorescencia de diente de león, digna de mejor causa.

miércoles, 8 de octubre de 2014

¿A quién le interesa desalentar el uso del SITP?


(Bus SITP, foto de H. Darío Gómez A. Bus viejo, foto de www.flickr.com)


Don Enrique Santos Molano, siempre tan acertado en sus opiniones acerca del transporte público en Bogotá, nos pone de manifiesto en su artículo de hace unos días en EL TIEMPO las bondades del Sistema Integrado de Transporte Público (SITP por su sigla).

Yo comparto su criterio en cuanto a la comodidad e higiene de los buses, la amabilidad de la mayoría de sus conductores y el hecho de no viajar espichado. Sin embargo, me aparto de su percepción idealizada en cuanto a la frecuencia puntualísimade ocho minutos. En efecto, como usuario frecuente del SITP he tenido que padecer un fenómeno que yo, malpensado como soy, atribuyo a la teoría de la conspiración.  Pareciera que los mismos operadores (a regañadientes) del sistema prestan deliberadamente un mal servicio para desalentar su uso por parte de los ciudadanos, con el fin mezquino de condenar al fracaso el modelo. Sucede que los usuarios del SITP, conocedores de las bondades que cita el periodista Santos Molano, esperamos juiciosos en los paraderos demarcados la llegada de los buses azules que, no con una frecuencia de ocho minutos, sino a veces de hasta treinta minutos, pasan impasibles sin dignarse parar en los sitios designados, pese a la señal insistente (impotente) de los pasajeros que, frustrados e indignados con la tarjetica verde en la mano, los vemos pasar. Por otra parte, es inexplicable que haya tanto bus del SITP circulando por las vías (contribuyendo a los atascos) sin oficio ni beneficio, portando sendos avisos ofensivos para los pasajeros ilusorios donde se lee: EN TRANSITO (¿al limbo?).


Escuchaba hace unos días (es imposible no atender las conversaciones ajenas en un bus) a unos pasajeros, quizá dueños de buses, conversar sobre la rentabilidad mensual de una buseta frente a un bus afiliado al SITP. Mientras aquella deja en metálico cinco millones de utilidad, decía uno de ellos, el bus afiliado al SITP deja sólo tres millones de pesos. Es natural, porque la buseta circula sin estándares mínimos de comodidad, higiene y mantenimiento y sus conductores están sometidos a la informalidad laboral y por ende, a la guerra del centavo, mientras que el vehículo de transporte público del SITP debe cumplir con todas las normas legales. Y eso cuesta. De ahí que (afirmo a riesgo de teorizar sin mucho fundamento) a los mismos operadores del SITP les conviene prestar  un mal servicio para que las autoridades de la movilidad aborten el proyecto y se vuelva a la informalidad, al caos, en fin, a la infame guerra del centavo a expensas de la comodidad, seguridad y dignidad del sufrido pasajero. Esa es mi peregrina teoría de la conspiración en el SITP.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Peligros de la acera o el riesgo de ser peatón



Ayer caí en una alcantarilla. Era cuestión de tiempo. “Cosa de esperarse en cualquier momento”, me dijo mi adorada Inés Elvira con ese fatalismo dramático de los que tienen la razón. “Como si te hiciera falta caminar del timbo al tambo teniendo el carro guardado en la casa”, me reprochó remachando el clavo cuando le narré el incidente. De nada valió mostrarle la rodilla raspada, el pantalón de buen paño echado a perder y la dignidad, literalmente, revolcada por el piso. “Bien hecho, para que aprendas a no andar por ahí caminando distraído como un zombi”, sentenció doña Inés sin conmiseración. Digo mal. Si la tuvo después del regaño.

Pero resulta que caminar es mi única fuente de inspiración, mi forma particular (y barata) de catarsis. Como sea, lo cierto es que un peatón siempre está expuesto a los riesgos inherentes a su condición pedestre: atraco, alcantarilla abierta, abono orgánico de origen animal, aire contaminado, agua lluvia (¿ácida?), atropellamiento por cuenta de bicicleta, moto, carro, bus o camión (y conste que sólo se anotan los riesgos comenzados por la letra a), qué sé yo. Las aceras bogotanas, producto de nuestra desarticulada arquitectura urbana, son verdaderas pistas de obstáculos donde el peatón se enfrenta a desniveles, salientes, gradas, alcantarillas mal tapadas, bolardos, adoquines sueltos (que lanzan chisguetes de barro), en fin, trampas que pueden llegar a ser mortales para los ciudadanos, que, como este que les escribe, circulan de buena fe por la calle. Así pues, cuando se transita por las orillas enlosadas de la vía pública, uno siente como si estuviera subiendo y bajando sin rumbo por las escaleras imposibles de un grabado de M.C. Escher.

Por otra parte, el encanto de caminar en la ciudad compensa con largueza los riesgos referidos. Como en el cuento de las escaleras para subir de espaldas (el de Cortázar), hay cosas que sólo se dejan ver de los que viajan a pie. Hay portentos que no se pueden ver desde el vidrio panorámico del automóvil o la ventanilla del autobús. Hay satisfacciones, como la de poderles contar estas bobadas, que sólo se obtienen merced a la impenitente costumbre de andar a pie. Con frecuencia me detengo frente a los horrorosos edificios-vitrina de los “Gym-spa” para observar el mito de Sísifo que se materializa en las muchachas que caminan de prisa sobre una banda sinfín que no les permite avanzar por más esfuerzo que hagan. Pobres. Ellas, a su vez, me miran a través de la vitrina y piensan que soy miserable por estar afuera aguantando frío y respirando el esmog. Pobre (dirán). Alguna vez me regalaron un bono por un mes de gimnasio que no quise utilizar por la razón inapelable de la claustrofobia. Nada que hacer. Soy un hombre de la calle.

De modo que seguiré siendo peatón a pesar de los riesgos derivados de la locomoción en dos patas, por lo menos hasta que el uso de caminar sea proscrito, mal visto e incluso sancionado por la ley penal, ya no digamos por los riesgos físicos antedichos, sino por los metafísicos que prefiguró en 1951 para el (no muy lejano) año 2052 Ray Bradbury en su inquietante cuento “el peatón”.

¡OTRA VOZ!

-Algún día arreglarán las aceras.
Afirma doña Inés con optimismo desinflado.
-Eso será por las calendas griegas.
Respondo yo.

O sea, nunca.

(créditos foto: "The hage" MC Escher, foto de Catherinesw,  www.flickr.com)