Portafolio

En este blog encontratás los portafolios de las organizaciones conformadas por ciudadanos activos y participativos que realizan su labor de gestores y actores culturales en la ciudad de Bogotá, Colombia.

lunes, 30 de enero de 2017

Mi vieja Olivetti



Si bien es claro que no debemos desarrollar apego por los bienes materiales a riesgo de parecer mezquinos, hay algunas cosas, ciertos objetos inanimados que adquieren  por fuerza del uso que les damos una connotación especial en nuestro corazón.  Algo parecido al cariño. Eso pasa con los zapatos viejos, algún juguete de la infancia, una que otra prenda de vestir, y, cómo no, para los nacidos hasta los años setentas del siglo pasado, pasa con  la máquina de escribir.
(Foto www.google.com)
Para los adultos jóvenes de hoy (ni qué decir los niños y adolescentes), la máquina de escribir es un curioso anacronismo del que no vale la pena ocuparse. Sin embargo a nosotros, los adultos de edad mediana, la máquina de escribir siempre nos suscitará una enorme simpatía. Tal le pasó a  mi amigo Pacho, quien me envió hace unos días la foto de una máquina de escribir que encontró en la oficina de un pueblito cercano a Bogotá, con una nota perentoria sobre la necesidad de escribir una crónica acerca de la máquina ídem, esto es, de escribir. Nada que hacer, somos unos nostálgicos.
Y acá me tienen  trayendo a la memoria mi vieja Olivetti para complacer a Pacho y de paso hacerle un homenaje póstumo a la máquina en cuestión, acaso para reivindicarme con ella después del abandono infame al que la sometí, hecho que evidencia una vez más que la raza humana es desagradecida y desmemoriada.
La Olivetti de marras llegó a nuestras vidas siendo ya una máquina jubilada, es decir, después de su vida laboral en el departamento de contabilidad de Panauto donde también trabajo y se jubiló la tía Stella luego de elaborar incontables (es una ironía) notas contables e innumerables balances con estados de pérdidas y ganancias de la empresa de don Emilio Urrea, conocido dandi bogotano, polista y exalcalde de Bogotá. Pues bien, en tales circunstancias y gracias a la donación de la tía Stella, la pobre Olivetti tuvo que continuar su  vida laboral al servicio de la “chuzografía” bidactilar de mis hermanos y yo, en desarrollo de las tareas escolares. Quizás la finísima máquina italiana, hecha para ser usada por expertas dactilógrafas o avezados mecanógrafos, nunca pensó terminar sus días envilecida soportando los dedos inexpertos de unos mocosos. Pero así es la vida. Y de las tareas escolares pasó a las faenas universitarias, fue cómplice de mis primeros escritos literarios, hasta culminar sus días arrumada en el cuarto de San Alejo.  Sin embargo siempre cumplió su oficio a cabalidad, a pesar de haber perdido en el transcurso del tiempo y del abuso la tecla de la letra eñe, fundamental en nuestra lengua. Con todo, esa falencia fue suplida por la letra ene, sobre la cual añadíamos con esfero de tinta negra, ya en la hoja mecanografiada, una pequeña rayita en forma de ese acostada.  Imperdonables fueron nuestros olvidos de la rayita en la palabra año.
Mas  es lo cierto que como dice el Eclesiastés, “todo es vanidad e ingratitud”, de manera que con el advenimiento de los procesadores de palabra dotados con memoria virtual a prueba de equivocaciones, la vieja Olivetti entró en el camino sin retorno de la obsolescencia, quedando relegada al rincón del polvo y el olvido (otra ironía de la memoria) como quedó dicho, hasta que un día se la llevó el chatarrero a un destino incierto y sin el consuelo del último adiós.

Epílogo: a veces, cuando visito el mercado de las pulgas del centro de la ciudad y encuentro exhibida una vieja Olivetti como la mía, le miro las teclas por si acaso le falta la de la letra eñe, con la ilusión de un reencuentro para resarcirla en algo por mi ingratitud.

miércoles, 4 de enero de 2017

Pequeña narración intrascendente para iniciar el nuevo año



Tuve el privilegio de recibir el nuevo año en los inmensurables campos de Boyacá, al arrullo del canto de los pájaros y el silbido del viento en los robledales. Pero sobre todo, con la tranquilidad de no tener la cobertura de “Claro”. O al menos tenerla muy esquiva, circunstancia que me permitió reírme de algunos sujetos que caminaban sin concierto, a campo traviesa, buscando la señal con el aparatico en la mano como si fueran rabdomantes en busca de una fuente subterránea de agua. Me impresionó su desasosiego, su ansiedad por conectarse con el mundo virtual haciendo ojos ciegos y oídos sordos al mundo real, a su entorno bucólico. Y la verdad, me parecieron algo patéticos.


Por contraste, se cruzó en mi camino una dulce viejecita que cargaba con dificultad una pesada bolsa. La saludé y me contó, sin preguntárselo, que venía de comprar el maíz para sus gallinas. Es decir, había caminado con su carga cerca de dos kilómetros desde la única tienda del sector para satisfacer una necesidad apremiante: el alimento de sus animalitos. Ofrecí ayudarle con la talega, pero me dijo que ya estaba llegando a su destino. Nos despedimos, y yo me quedé pensando en la mezquindad de nuestras prioridades. Entonces me pareció más grande, más digna, más hermosa que nunca esa campesina que asume cada día la vida con estoicismo digno de imitar.