Portafolio

En este blog encontratás los portafolios de las organizaciones conformadas por ciudadanos activos y participativos que realizan su labor de gestores y actores culturales en la ciudad de Bogotá, Colombia.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Peregrinación laica del veinte de julio al primero de mayo

De la guía zurda de Bogotá


Cada cierto tiempo me viene una necesidad imperiosa de perderme en la muchedumbre. Impulso extraño si se tiene en cuenta que mi espíritu ermitaño se siente más a gusto trasegando por los caminos de la soledad. Acaso se deba a mi afición por los contrastes, esto es, la dicha de sentir que cuando abandono la turbamulta recupero mi individualidad y con ella, cómo no, el privilegio de volver a ser hombre y no masa.
Como sea, ayer realicé mi peregrinación laica al barrio Veinte de Julio, en el sur de la ciudad, y me integré a una multitud de creyentes que tenía puesta su fe en el Divino niño Jesús sonrosado y regordete del santuario fundado por el salesiano Juan del Rizzo. Imposible no enternecerse uno con la esperanza legítima de los feligreses depositada en “el amigo que nunca falla”. Me consta que no todos los peregrinos van a pedir favores. Muchos acuden para agradecer los beneficios recibidos. Mas, es lo cierto que la falta de oxigeno, el calor, los estrujones y los olores indescriptibles de la masa dominical forman parte de la mortificación que se debe padecer con estoicismo cristiano para que surtan mayor efecto las peticiones.

La calle veintisiete sur y la carrera quinta son prácticamente intransitables por la cantidad de vendedores de reliquias que prefirieron mantenerse en la vía pública, estorbando la circulación, a establecerse en la plaza ferial construida por la alcaldía para mayor comodidad de los acudientes. La plaza en cuestión, sin estrenar, luce como un enorme elefante blanco  en estado de letargo. Nunca me he explicado esa actitud tan refractaria al cambio, a la higiene, en fin, esa preferencia tozuda por el caos.



Alrededores del Santuario del Veinte de Julio, Bogotá, D.C.


Si uno sigue por la carrera sexta hacia el norte, pasando la plaza de mercado hasta la calle 20 sur, logra salvar la multitud y se encuentra al rompe con una agradable sorpresa urbanística. Se trata del barrio Primero de Mayo, sí, otro barrio con nombre de fecha. En Bogotá, quizás por un atavismo hispánico, somos dados a ponerles, por buen nombre, una fecha memorable a nuestros barrios. Así por ejemplo, están el Siete de Agosto, el Once de Noviembre, el Doce de Octubre y otros por el estilo. Pero volvamos al Primero de Mayo. Es un hermoso complejo residencial construido con indiscutible estilo inglés por la Caja de Vivienda Popular, hace más de setenta y cinco años. Sus casitas en serie, con fachada de ladrillo a la vista y tejados inclinados para que no se pose la nieve (aunque acá en el trópico no nieva), nos recuerdan los barrios obreros de la periferia londinense. Y como buen barrio obrero, reivindica con su nombre la fecha emblemática de los trabajadores, así como sus logros en dignidad y calidad de vida. Porque dignidad es lo que le sobra al barrio Primero de Mayo, cuyos habitantes han procurado mantener la belleza sin ínfulas del lugar. Es una lástima que las urbanizaciones  populares del siglo XXI no tengan ese concepto de dignidad y hayan sucumbido al criterio mercantilista, utilitario y mezquino de las firmas constructoras.







Casas del barrio Primero de Mayo, Calle 19 sur con carrera 5a., Bogotá, D.C.
Continuando mi peregrinación con rumbo norte, encontré otra hermosa joya arquitectónica: la iglesia de Santa Bárbara, en la carrera séptima con calle quinta. Es una de las construcciones más antiguas de la capital, levantada en el siglo XVI con el estilo sobrio de las iglesias doctrineras hispánicas. Aunque estaba cerrada cuando pasé por su atrio, tuve la fortuna de que el párroco me dejara echar un vistazo al interior. Alcancé a fotografiar un cuadro que me llamó la atención: la imagen del franciscano Maximiliano Kolbe sosteniendo un cirio detrás de un alambrado. Preguntado el párroco sobre el clérigo en cuestión, me refirió la historia inspiradora de un sacerdote polaco, recluido en el campo de concentración de Auschwitz, que ofreció voluntariamente su vida a cambio de la de otro preso para salvarlo de la muerte. Fue enriquecedora esta última parada de mi peregrinación, pues aunque no creo en santos (incluido el presidente ídem), aprecio la grandeza espiritual, la generosidad infinita de los hombres y mujeres capaces de ofrendar su vida para preservar otras vidas, es decir, al contrario de los “mártires” fundamentalistas que ofrendan su vida para acabar con otras vidas inocentes en nombre de Dios. 

 Iglesia de Santa Bárbara, Carrera 7a. con calle 5a., Bogotá D.C.
Padre Maximiliano Kolbe
En todo caso, como decía mi abuela Sofía: “la vida de los santos es para contarla” y acá me tienen dando testimonio de mi peregrinación dominical.

(Fotos de H. Darío Gómez A.)

domingo, 6 de diciembre de 2015

El canario que descubrió que los trinos en twitter eran lo suyo

(Créditos foto: www.flickr.com)
“A la abeja semejante,
para que cause placer,
el epigrama ha de ser
pequeño, ágil, picante”
Adagio popular no tan conocido

Siempre ha habido jaulas. Y para que no estuvieran vacías y tristes, colgadas encima del lavarropas, se inventaron los canarios. O mejor, la costumbre de capturarlos y encarcelarlos para compañía emplumada de las personas solitarias. Los primeros fueron pájaros libres, eso es seguro, mas, con el tiempo, se convirtieron en seres cautivos, al punto que las nuevas generaciones salieron del huevo directamente a la jaula sin conocer durante toda su existencia el cielo que se asoma esquivo por la ventanita del patio de ropas, afuera de las rejas. De modo que el cautiverio es su estado natural.

Posiblemente algún niño dirá con razón que eso es una infamia, que va en contravía de los derechos de los pájaros, en fin, que la libertad es inviolable según le enseñaron en la cátedra de la paz.  Yo no me atrevería a contradecirlo; pero así son las cosas con los canarios.

Esta es la historia de un canario, por buen nombre Ámbar, llamado así por sus plumas de color amarillo oscuro con visos blancos tornasolados. Vivía  el pajarito de marras confinado en una jaula encima del lavarropas de la señorita Teresa, una maestra de escuela jubilada, algo taciturna pero estupenda lectora. Tenía, además la buena mujer, una pasión por las frases célebres de filósofos y literatos. Solía leer en voz alta en sus ratos de solaz, que eran casi todos, máximas de Horacio, Cicerón, Séneca (algunas en latín, cómo no), en fin, de autores más contemporáneos pero no menos incisivos como Ambroce Bierce, Fernando González o Nicolás Gómez Dávila. Era tan pequeño el apartamento de la señorita Teresa, que Ámbar alcanzaba a escuchar con nitidez las lecturas de su patrona, entonadas desde la alcoba. A fuer de escuchar buena prosa, Ámbar se aficionó al género epigramático y alcanzó una lucidez insospechada para un canario. “Lástima no ser un loro”, se dolía el avecilla, “porque  de serlo podría hablar como los humanos y así me convertiría en un orador proverbial”. Lo cierto es que no le gustaba trinar, para desconsuelo de su dueña. Sin embargo, Ámbar, que era un canario muy inteligente, no se echó a la pena y más bien se propuso aprender a leer los libros que con frecuencia dejaba olvidados las señorita Teresa encima del lavarropas. Con decirles que también aprendió a escribir en latín.

Quizá por una solidaridad mal entendida, o por pura mezquindad ante el silencio empecinado del canario, la señorita Teresa obligó a Ámbar a compartir su soledad, negándole la dicha de una compañera emplumada. De manera que el pajarito pasaba sus días escuchando la voz cada vez más quebrada de su patrona. El primer alpiste del día era amenizado por sentencias de Horacio en latín clásico. El baño con agua en la tapita de la caja de mentol, al medio día, coincidía con la lectura de Ambrose Bierce, cuyo humor negro hacía despelucar de la risa al canario. Al finalizar la jornada, Ámbar se arrellanaba en el columpio que pendía de un palito atravesado en lo alto de la jaula para escuchar con atención los escolios de Nicolás Gómez Dávila que, como entenderán los lectores, requerían de toda su inteligencia para poderlos asimilar.

Pero hete aquí que una mañana nadie retiró el trapo que cubría la jaula del canario durante las noches, ni éste oyó la voz de su patrona entonando máximas de Cicerón. Y así pasó algún tiempo, hasta que una hermosa muchacha destapó la jaula y le dirigió unas palabras de cariño a la criatura: “pobre canarito, menos mal estas vivo aún. ¡Ay!, si supieras que se murió tu mamá”. Mas, eso ya lo había presentido pajarillo en su pequeño corazón ambarino.

Conque la muchacha, que resultó ser la sobrina de la señorita Teresa, se llevó el canario con todo y jaula para su apartamento de universitaria. Y ya sabemos cómo puede ser un habitáculo estudiantil. Algo así como un campo minado con pedazos de pizza en descomposición, libros de texto, latas de gaseosa a medio consumir, zapatos sin par y prendas de vestir esparcidas sin concierto.

Ámbar, sin embargo, se acostumbró muy pronto a su nuevo entorno, y le satisfizo su nuevo acompañante diurno, que la muchacha llamaba televisor. Aunque disparatado en sus discursos y bastante prosaico, si se quiere, el canario le sacó provecho al aparato en cuestión, sobre todo a los noticieros que le sirvieron para estar al día en los asuntos de actualidad. La muchacha, por su parte, no hablaba mucho y en cambio permanecía varias horas enviando trinos a través de su teléfono celular. Ese fue el segundo aparato que cautivó la atención del canario. Ante la imposibilidad de hablar como el loro, Ámbar encontró que podía leer y escribir con fluidez en el twitter de la muchacha.

Una noche ella olvidó cerrar la puerta de la jaula después de alimentar al canario, de manera que el pajarito aprovechó la oportunidad para expresar a discreción su facilidad de palabra en el teléfono celular, mientras su protectora dormía. Con el ala izquierda (era zurdo) tecleaba graciosamente el aparato, escribiendo epigramas creativos para comentar las noticias del día. Tuiteaba por ejemplo:

La solidaridad es mata exótica que sólo crece en terrenos áridos, nunca en la abundancia. Pero cuando florece esparce generosamente su aroma.

Y escribía todas las noches ocurrencias por el estilo, que eran bien recibidas por los seguidores de la muchacha, que fueron creciendo en número por arte del canario, hasta contarse por miles.

De esta suerte la muchacha, que no tenía otra gracia más que su belleza, se convirtió de la noche a la mañana en una exitosa tuitera (si el término se admite), merced a la herencia emplumada de su tía solterona, y por un efecto colateral del ingenio del canario que descubrió un buen día que los trinos en twitter eran lo suyo.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Gastronomía de alpargata en Usaquén

(Changua bogotana. Créditos foto: concina.linio.com.co)

“Que ayunen los santos que no tienen tripas”. Adagio popular

En Usaquén hay una manzana, en la manzana hay una plaza de mercado, y al interior del mercado hay un restaurante sin ínfulas:  “La cocina de doña Anita”.   Desde tiempo inmemorial -mi memoria es precaria- su dueña vende las mejores costillas de cerdo del sector, que sus clientes habituales adobamos con pulgaradas de sal, ají chivato y limón.  Le echamos mano con gusto a la carne intercostal, en contravía de los mandatos de la urbanidad de Carreño. Esa dicha gastronómica sólo pasa con un refajo, bebida autóctona preparada con dos partes de cerveza, una de gaseosa Colombiana, otra de Pony malta y un trago de aguardiente, generalmente servida en bacinilla de metal esmaltado para consumo comunal.  Al levantarse de la mesa, uno se siente como el pavo de navidad, pesado y adormecido, caminando inocente al patíbulo a las dos en punto de la tarde.

Evidentemente ”la cocina de doña Anita” no es un lugar hecho para el glamur  que está vigente en la zona gourmet de Usaquén. Pero resulta impensable hablar de  fritanga gourmet -eso es una contradicción en los términos-,  o de un cuchuco de trigo con espinazo de marrano servido al estilo artístico, aséptico si se quiere, pero algo triste y muy escaso, de Leo Espinosa.  Además, el cuchuco de trigo es a la cocina vernácula, lo que la sopa de cebolla es a la gastronomía francesa: un plato de origen campesino,  sin alcurnia -por demás innecesaria-, es decir, una delicia sencilla.  Como dice la patrona: “el cuchuco lleva trigo, lleva espinazo, lleva haba, lleva criolla, lleva papa, lleva arveja, lleva ajo,  lleva junca,  lleva fríjol, lleva repollo y lleva cilantro”.  Lleva también mucho tiempo digerirlo, agregamos nosotros.

De modo que las buenas maneras en la mesa no cunden en la “cocina de doña Anita”. Allí con frecuencia los cubiertos son reemplazados por las físicas uñas, y el palillo en la boca al final del round contra las costillas del caribajito  es una sutil condecoración al triunfo de las muelas sobre la carne.

Hay en ese entrañable lugar una franca e innegociable insistencia en el mal gusto. Es  cuestión de principios. Uno come, qué sé yo, acompañado de una botella  con espantosas flores de plástico, azules, rosadas y amarillas; y la mesa está servida sobre un mantel prensado con un vidrio roto que generalmente cobra el atrevimiento del contacto físico rasgando las mangas de la camisa.  No falta el almanaque de taller con la foto de una muchacha voluptuosa que nos recuerda que la carne es débil, pero muy sabrosa.

Sea como fuere, doña Anita vende también en su establecimiento otras delicias terrígenas, cuyos nombres comenzados por la letra ch han enriquecido con colombianismos el diccionario de la Real Academia Española: changua, chanfaina, chunchullo y chicha entre otras. Sobre la changua en particular, otra doña, pero de más alcurnia (con perdón de Anita), doña María Moliner, nos trae en su diccionario de uso del español la siguiente definición: 1. f. Col. Caldo que se prepara con cebolla, leche y otros ingredientes, que suele tomarse en el desayuno o antes él.”

Acaso quedó corta en los ingredientes la definición de doña María Moliner, pero debemos entender que su diccionario de uso del español no es precisamente un libro de recetas gastronómicas. Doña Anita, en cambio, prepara una changua proverbial con los ingredientes de la definición de marras, pero le agrega cilantro, un par de huevos, almojábana, queso campesino y longaniza picada. Puede tomarse al desayuno, antes de él, con él, después de él, a media mañana, con el almuerzo, en la tarde, en fin, cuando uno quiera, respetando así el libre albedrío de las tripas.

Al finalizar la jornada gastronómica uno se debe acercar a “la caja”, donde la patrona ha puesto una advertencia para que ningún cliente se equivoque: “El que fía no está, y el que está no fía” . Y es que doña Anita sólo recibe efectivo, pues desconfía -con razón- de los bancos y del papel moneda de curso “forzoso” expedido por SODEXHO PASS y otras yerbas.

Pero esos detalles no sólo se le perdonan a la “cocina de doña Anita”, sino que constituyen, a mi juicio, la esencia del mejor restaurante de Usaquén, con la venia de los hermanos Rausch y del señor Katz.

martes, 20 de octubre de 2015

La esperanza de la paz

 
 
Sin pretender afirmar, con Camus , a través de uno de sus personajes del “malentendido”,  que ningún alma es completamente criminal y que hasta los peores asesinos tienen momentos  de compasión, me conmueve la idea de imaginar que los violentos de todas las pelambres, de izquierda y derecha, lograrán anteponer el supremo bien de la paz  a sus mezquinos intereses económicos o vindicativos.
(foto de Rafael Gómez Bedoya)

miércoles, 14 de octubre de 2015

"Oktoberfest" en el barrio de la Perseverancia

En el “Festival de la chicha, la vida y la dicha” del barrio de la Perseverancia, hasta los toldos donde venden la bebida conmemorativa están patrocinados por Cerveza Aguila. ¡Qué ironía! Pero al fin y al cabo, qué es lo que no  está patrocinado en nuestra patria por esa dichosa cervecería.
Quizá la nueva generación del barrio no recuerde que hace sesenta y cinco años el Ministro de Higiene, Doctor Jorge Bejarano, proscribió la elaboración de chicha por considerar que su consumo era inmoral, antihigiénico y embrutecía al pueblo. Lo que omitió aclarar en su momento el ministro de marras, es que no es la chicha en sí lo que embrutece, sino el exceso de consumo de alcohol, ya sea el producido por la fermentación de la bebida ancestral o por los cuarenta grados Gay Lussac del whisky importado de Glasgow que consumían en el Gun Club los amigos higiénicos (¿e inmorales?) del funcionario en cuestión. O por la cerveza, cómo no, que se convirtió en la bebida popular sucedánea de la chicha, haciéndole de paso el favor a las cervecerías que pelecharon a costa de la criminalización de la bebida indígena. Y así fue como la chicha, nuestra bebida vernácula, se quedó sin el género y con el pecado.
Sin embargo los vecinos de la Perseverancia, haciendo honor a la virtud que le da nombre a su barrio (y que destacó en sus habitantes el caudillo del pueblo, Jorge Eliecer Gaitán), no han renunciado a sus costumbres ancestrales y antes bien han reivindicado durante décadas el consumo de la chicha, hasta el punto que las autoridades declararon su festival como patrimonio cultural de la ciudad.
Si en Múnich tienen los alemanes su “oktoberfest”, en Bogotá tenemos los colombianos nuestro “Festival de la chicha, la vida y la dicha”. De manera que, al menos durante el fin de semana que pasó, la chicha reinó de nuevo en el barrio de la Perseverancia. Reinó también su dulce y madura representante (hay foto), el colorido de sus calles, la alegría de su gente y el paisaje pintoresco de la plaza, presidida por el busto desafiante del caudillo del pueblo: ¡A la carga! Todo eso y mucho más pude ver desde el marco de la puerta de una tienda centenaria que, como la ventanita del poeta Vidales, parecía un cuadro con paisaje en movimiento.
(Fotos de Alejandro Gómez B.)


jueves, 13 de agosto de 2015

Décima del 13 de agosto



(foto de Univalle)

Ahora mismo se me ocurre
que perdonar es un don santo;
olvidar no da para tanto
aún más si la ofensa recurre.
Si el criminal el bulto escurre
y al juez penal no comparece
la verdad, a mí me parece,
será de nuevo traicionada.
Garzón, tu muerte no se olvida,
menos tu vida, que renace.
Darío Gómez

martes, 11 de agosto de 2015

No es la realidad nacional, es sólo lucha libre!!!

(foto: portal colombia)

La luz vs las tinieblas, el yin y el yang, en fin, la dialéctica de la lucha libre, y, al final, la síntesis: como en los westerns de John Wayne, el bueno siempre gana. Así era antes.
"Guía zurda de Bogotá VII". H. Darío Gómez A.

De un lado están los técnicos, o sea, los buenos. Del otro, los rudos, es decir, los malos. Y en la mitad del ring, un juez venal que toma partido descaradamente por los rudos. No es la realidad nacional, es sólo lucha libre por relevos en el Palacio de los Deportes de Bogotá. Y ante ese maniqueísmo tan básico del espectáculo mexicano triple A, que sólo admite el bien y el mal, llama la atención que muchos asistentes le apuesten a los rudos.
En la esquina de los técnicos aparecen Aerostar y Ludxor luciendo sus cuerpos atléticos enfundados en sendas capas impecables, pavoneándose ante un público femenino más bien apático. En la otra esquina, la de los rudos, aparece un obeso que dice llamarse elApache, acompañado por un hombre descamisado con pantalón verde reflectivo con el alias de Australian suicide, que ataca de manera artera al buen Ludxor que no ha terminado de saludar al respetable. No contento con eso, le rompe en la cabeza una silla, ante la mirada impasible, casi complaciente del juez de la pelea, un gordo malencarado con el pelo oxigenado y peinado con una cresta. Una vez en el suelo, el pobre Ludxor sufre el castigo de una "quebradora" que le aplica el Apache en relevo de Australian suicide, que sale del cuadrilátero a responder con gestos obscenos los abucheos del público. Entretanto, Aerostar se ve impedido para entrar en auxilio de Ludxor, pues el juez no autoriza su ingreso al ring. Impotente, ve cómo castigan a su compañero, al cual podría librar de su suerte adversa con una patada voladora o con una “doble Nelson”, pero no. El gordo de la cresta oxigenada, impartiendo su justicia de bolsillo no lo permite. Parece ser que hoy sólo están de moda los rudos. 

Cuando yo era pequeño, en la Arena Bogotá, era impensable que ganaran los malos. La miel del triunfo era para los técnicos, para los que cumplían las reglas del juego con la rigidez de una sentencia: el Tigre colombiano, el Jaguar, qué sé yo. Lo cierto es que, a despecho de mi alma de niño, este sábado de agosto de 2015 el triunfo fue para los malos. Parece que toca ir acostumbrándose a las nuevas tendencias en la lucha libre y en la vida.

miércoles, 29 de julio de 2015

La Encíclica de Francisco para protección de peatones

 

«Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas… y nos unimos también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la Madre Tierra» (n.92). 
Encíclica Laudato Si

 

Manifiesta el teólogo descalzo, Leonardo Boff, que la encíclica del Papa Francisco, Laudato Si o el cuidado de la casa común, coincide en gran parte con la declaración de principios de “La carta de la Tierra, nuestro hogar”, elaborada con mucho acierto por los ambientalistas del mundo. Subyacen en los documentos en cuestión los valores de empatía, solidaridad y tolerancia que deben gobernar nuestras relaciones entre humanos, especies y generaciones, dentro del nuevo paradigma relacional y holístico a que alude el maestro Boff, el único, según él, capaz de darnos todavía esperanza.


La empatía, sin embargo, es planta escasa en ámbitos opulentos. Por su parte, la solidaridad es una matica exótica que sólo se cría en terrenos áridos, rodeados de carencias (“el pobre no repara”, etc). Lo grave es que la ausencia de tales valores deriva, cómo no, en la intolerancia. O dicho a la manera de las abuelas, para continuar con el refranero popular: “no sabemos (o no queremos saber) la sed con la que otros beben”, de modo que tampoco  nos interesa ser solidarios con el prójimo (considerado en el sentido holístico como cualquier ser vivo de esta o de futuras generaciones), que muchas veces vemos como un objeto de uso y eventualmente como una amenaza.


No es sino salir a la calle para encontrarse de frente con la intolerancia, consecuencia lógica de la falta de empatía y solidaridad. Para ilustrar lo dicho traigo a colación esto: circulaba esta mañana a pie por la calzada de una calle cerrada en un barrio residencial, prácticamente sin tráfico vehicular, y a mi lado caminaba una venerable anciana junto al dependiente del supermercado que empujaba el carrito con la compra de la buena señora. Debido a las aceras plagadas de desniveles y trampas mortales para el peatón, resulta imposible circular por el andén sin riesgo de caída, más aún con un carrito de supermercado. Así que era preciso circular por la calzada. De repente nos asustó el pitazo estrepitoso e insistente de una camioneta muy lujosa conducida por una mujer que, no contenta con rompernos los tímpanos, se detuvo una vez nos apartamos de la calzada para insultar al dependiente del supermercado. La venerable anciana, repuesta del susto, apenas pudo musitar un dulce, “vieja histérica”; el muchacho en cambio guardó prudentísimo silencio para no arriesgar su congruo empleo, y yo, por respeto a la ancianita, me tragué un madrazo.


Sea como fuere, ojalá el confesor de la mujer de la camioneta, muy católica a juzgar por el rosario estampado en la carrocería, le recomiende la lectura de la Encíclica del Papa Francisco, para que la energúmena de marras se ponga en los zapatos de las especies “menores”, o sea, los peatones, y se apiade de nuestras vidas frágiles que no por transitar sin carrocería merecemos ser borrados de la faz de la calle.



Y disculpen mis ínfulas trascendentales por traer a colación la Encíclica Laudato Si a una anécdota tan peregrina. Pero, al fin y al cabo, nuestro entorno es relacional y holístico como quedó dicho, o sea, que todo tiene que ver con todo y además el cambio comienza por los pequeños detalles. Amén.

viernes, 10 de julio de 2015

Manual de uso de Facebook para padres intensos

(Peatón cosmonauta. Foto de Rafael Gómez B)

Una explicación no pedida, como se sabe, es la aceptación de una culpa. Sin embargo, no es mi culpa tener una hija, que es la luz de mis ojos, viviendo a cuatro mil kilómetros de distancia. Tampoco lo es que la red social de Facebook se haya convertido en mi mejor aliada para sentirla cerca. Si hay en ello alguna actitud reprochable, habría que achacarla al hecho de ser un padre intenso. Siendo así las cosas, acepto mi culpa en aras del cariño paternal.

Como sea, lo cierto es que a juicio de mi retoño hago uso indiscreto de tal herramienta informática. Parece, además, que teniendo la oportunidad de oro para opinar sobre sus  fotos, ocurrencias y actividades cotidianas, mis comentarios y likes son vistos por ella como una atrevida intromisión de carácter generacional.

El Facebook abre canales de comunicación masiva,  propicia actitudes, genera tendencias (para bien y para mal, como dice el bolero), promueve opiniones y movilizaciones en pro de causas variopintas, convoca reuniones, conspiraciones, en fin, gana seguidores para mayor ventura de sus usuarios; y, claro está, permite para vergüenza de los hijos, la participación de sus padres intensos.

Sólo hasta cuando le reproché a mi hija por no responder a mis comentarios del Facebook, ella me hizo caer en cuenta que de alguna manera estaba invadiendo su espacio vital. Porque (y hasta ahora vine a entenderlo) el Facebook es el ágora de los jóvenes, su punto de encuentro y de fuga. Es decir, lo que fue la esquina de la cuadra, el centro comercial o el parque para nosotros. Espacios donde, efectivamente, nunca tuvimos la intromisión de los mayores. Tiene sentido.

De suerte que mi hija aprovechó la coyuntura para poner las cosas en orden, y con esa claridad cartesiana típica de su formación científica dio en la flor de advertirme: "Padre, vamos a ponernos de acuerdo en el manual de uso del Facebook. De ahora en adelante tendrás un cupo semanal, no acumulable, de un comentario y dos likes. Tus comentarios no serán respondidos en principio, salvo que, a mi parecer, merezcan un guiño o una respuesta escueta. Por lo demás, interpreta mi silencio. Procura no escribir comentarios del tipo "progenitor cariñoso": si eso llegare a ocurrir, correrás el riesgo de no obtener ninguna respuesta o lo que es mucho peor, recibir emoticones con gestos que podrían herir tu sensibilidad de padre. Lo anterior, sin perjuicio de la inminente posibilidad de ser eliminado irrevocablemente de mi grupo de amigos (unfriend)

Y aquí me tienen frente al Facebook, con el corazón rebosante de likes, pletórico de comentarios melifluos y cursis que tendré que reservar para mi encuentro, ya no virtual, con mi adorada hija.


martes, 7 de julio de 2015

Un mexicano colombiano le halla parcialmente la razón a Donald Trump


(Cantinflas bailando la canción colombiana "María Cristina")

"México (…) está enviando a gente con un montón de problemas (...). Están trayendo drogas, el crimen, a los violadores (…)” Donald Trump

“No esperes sino veneno en las aguas estancadas” William Blake. La cita, es claro, se aplica a Trump.


Con su ignorancia supina, el inefable magnate del espectáculo asume que todos los americanos desde el río Bravo hacia abajo, pasando por el Caribe y su rosario de islas, hasta las gélidas tierras australes, somos mexicanos. Por su parte, Eugenio Derbez (el comediante mexicano) respondiendo en un acto público llevado a cabo en los Estados Unidos a los señalamientos de Donald Trump, afirmó con su humor característico, que el tristemente célebre millonario “piensa que cada latino en este país es mexicano. Él (Trump) cree que hay diferentes clases de mexicanos. Los mexicanos colombianos, mexicanos puertorriqueños, mexicanos dominicanos (…)”  Y aunque parezca un chiste, quizás Trump tenga razón en su percepción de que todos los latinoamericanos somos mexicanos. México es, en efecto, nuestro indiscutible referente cultural. Su música, su literatura, su extraordinaria industria cinematográfica, su gastronomía, sus mariachis (resulta inconcebible una serenata sin ellos), así como sus telenovelas y doblajes han marcado la vida de cuatro generaciones de americanos.

Por supuesto no vale la pena referirse a la torpe generalización de Trump sobre nuestra virtual condición de ilegales, ladrones, narcotraficantes y violadores, porque con el mismo razonamiento que reduce a esquemas la diferencia, podríamos decir que todos los norteamericanos (incluyendo, cómo no, a los pobres canadienses), son intervencionistas, drogadictos, genocidas y torturadores. Y ninguna de las dos premisas es cierta.

Nos queda, entonces, nuestra condición de mexicanos.

Yo, personalmente, como mexicano colombiano no concibo mi infancia sin la presencia de Tin Tan, Cantinflas o Chespirito. Los doblajes de las series norteamericanas son creíbles sólo en las voces mexicanas que, las más de las veces, superan las originales de los actores doblados. Podría afirmarse asimismo que, tanto la música ranchera o norteña, como los boleros interpretados por sus bellas cantantes acompañadas de las orquestas de Luis Arcaraz, Rafael de Paz o Juan García Esquivel, sirvieron de leitmotiv para enamorar a nuestros abuelos. Y ni qué hablar de sus escritores que nos han deleitado e instruido con sus buenas letras. O de sus estupendas bandas contemporáneas como Maná y Molotov. Los mismos Tigres del Norte. Con esta mirada integradora todos los americanos, incluso los del norte, seríamos mexicanos. 

Como sea, tenemos mucho que agradecerle a la patria de Rulfo, de Arreola, de Paz, de Carlos Monsiváis, de Fuentes, de Elena Poniatowska, de José Emilio Pacheco, de Frida, de Diego, del inmenso Agustín Lara, de Toña la Negra, de Javier Solís, de Pedro Infante, de José Alfredo Jiménez, de Antonio Aguilar, de Alicia Juarez, del Indio Fernández, qué sé yo, hasta de la bella Angélica María, la novia de Mexico (o sea de América Latina). Desde luego el asunto también ha funcionado al contrario. La influencia de los demás países latinoamericanos ha marcado con tinta indeleble la cultura mexicana: el bolero antillano, la cumbia colombiana, el danzón cubano, el tango argentino, por citar sólo cuatro ejemplos.

Quién quita que un día Donald, el “red neck”, con toda su parafernalia de estulticia, amanezca siendo mexicano. Entre tanto, como dijo Derbez: “recuerde, señor Trump, que quienes cocinan sus alimentos en cualquiera de sus restaurantes predilectos pueden ser mexicanos”. Desde Alaska hasta la Tierra del Fuego.

jueves, 2 de julio de 2015

Guía zurda de Bucaramanga II

Circo sin nombre por el dedo de la transversal metropolitana


Conocí el circo cuando cumplí diez años.  No digo “a la tierna edad de diez años”, porque entonces había fallecido mi madre  y ya era un mocoso insoportable, endurecido por la orfandad prematura atizada por la rigidez castrense de mi padre. De tierno no tenía sino el pellejo. Lo cierto es que el “Tihany” , así se llamaba el circo, estableció su campamento de tres pistas  (con su aviso luminoso como de casino de Las Vegas)  en un baldío de la carrera séptima con calle veinticuatro, en el barrio Las Nieves de Bogotá, donde todavía subsiste un estacionamiento que los domingos se convierte en el “mercado de pulgas de San Alejo”.  

Tengo la impresión de que no fue un espectáculo extraordinario para mi alma infantil,  ya que sólo me quedaron recuerdos caliginosos de bailarinas con trajes diminutos y penachos multicolores, y de unos payasos que realizaban su número en un pequeño auto convertible con un telón de fondo donde proyectaban una película que simulaba una persecución como en una comedia de Buster Keaton, mientras ellos salían y entraban con torpeza del vehículo, reemplazando alternativamente al conductor  (dueño de una enorme nariz de tomate y con zapatones verdes) que huía a brincos por la pista llevando en su mano enguantada el aro rosado del volante. Eso es todo lo que me quedó gravado . En cualquier caso, nunca olvidé el nombre del circo: “Tihany”.

Porque los circos, aún los más humildes, deben tener un nombre si quieren  permanecer en la memoria del público alucinado.  Creo que fue el poeta Edmond Jabés quien dijo que para existir se necesita ser nombrado.  Siendo así las cosas, hasta los circos que acampan como gitanos en los ejidos de los pueblos tienen nombres que encienden la curiosidad de los  niños: “Gran Circo de Tuerquita y  Cepillín”, “Circo Mágico del  Taumaturgo Baltasar”. Otros inventan nombres menos rimbombantes pero que evocan candorosamente la fama de los más exitosos:  “Circo de los hermanos Guasca”, qué sé yo.

Pero en las afueras de la ciudad de Bucaramanga, ganando ya la carretera que conduce a Girón, hay un circo sin nombre.  Está enclavado en el fondo de un barranco que se descuelga de uno de los dedos de la meseta (parecida a una mano, creo haberlo dicho) que sostiene la ciudad. Es como si en lugar de brillar con sus luces de fantasía para atraer a los parroquianos quisiera pasar desapercibido al abrigo de los estoraques, esos gigantes de piedra rojiza semejantes a guerreros de terracota esculpidos por el rigor de los tiempos.  Quizá se atornilló en ese terreno para no irse jamás, como el circo sempiterno de la ciudad itinerante de Italo Calvino que permanece estático en su solar mientras las caravanas de camiones cargan con los edificios públicos, las plazas, las escuelas, los bancos, los centros comerciales, las fábricas y las viviendas de la urbe rodante, para irse del lugar hasta la siguiente temporada. O acaso es un circo fantasma, que, como un perro viejo, sólo busca un lugar para echarse a descansar después de dibujar un circulo imaginario con su cuerpo.

Desde el taxi que me conduce al aeropuerto  de Palonegro por el dedo de la calle 61, que se prolonga en las circunvoluciones de transversal metropolitana, veo el circo sin nombre pasar. Digo mal. Él me ve pasar por la carretera, con esa dejadez  de paisano  extraviado por el sopor.  Yo intuyo, indiscreto,  a través de las líneas blancas y azules de la carpa,  al domador que cepilla con nostalgia el pelamen de la fiera moribunda, y prefiguro a la mujer barbuda consintiendo al contorsionista que se hace un ovillo en su regazo.  Entonces me estremece una rara sensación de ternura.

(Créditos foto: de cat eye, www.flickr.com)

miércoles, 1 de julio de 2015

Guía zurda de Bucaramanga I

(Foto de H. Darío Gómez A.)

Arrellanado en la cama de mi cuarto de hotel, el "Chicamocha", por más señas, disfruto la lectura de la guía turística de Santander editada por Cotelco, después de una jornada extenuante de seis horas de conferencias sobre Seguridad Social en la Cámara de Comercio de Bucaramanga. El ejercicio me resulta agradable, pues soy amante de “las bravas tierras de Santander”, como dice la canción de Jorge Villamil, y además el destino me ha permitido recorrer un pedacito de cada una de sus seis gratas provincias.  

Sigo hojeando la revista de Cotelco para encontrar fotos de los atractivos turísticos de Bucaramanga y su área metropolitana. Veo modernos edificios, puentes extra largos, parques temáticos con "Santísimos" y sin ellos, en fin, formidables obras de arquitectura e ingeniería que adornan la Ciudad Bonita y demuestran su pujanza. Y claro, en las fotos de sus lujosos hoteles y centros comerciales, gente igualmente bonita y elegante, pero de una belleza editada y artificial, como extranjera, diferente a la hermosura endémica y natural que cunde en las tierras santandereanas. 

De modo que para encontrarme con la verdadera santandereanidad, me apresto a iniciar mi viaje a pie y en bus, cómo no, por las márgenes de la ciudad verdadera, es decir, sin editar por Cotelco.

Podría decirse acaso que la meseta donde se asienta la ciudad de Bucaramanga es como una mano que extiende sus dedos hacia el occidente, por manera que en el dorso, cerca de la muñeca y recostada en los cerros orientales, está la Cabecera del llano con sus imponentes casas emblemáticas, al menos las que han sobrevivido al crecimiento vertical y desmemoriado de la ciudad. En la mitad de la mano, no podía ser de otra manera, están algunas de sus instituciones más importantes como el Teatro Santander, patrimonio cultural (y vergonzante) de la ciudad en eterna restauración, el Centro Cultural del Oriente, ambos en el marco del Parque Centenario, la biblioteca Gabriel Turbay, en fin, la sapiente Universidad Industrial de Santander. 




(Fotos de H. Darío Gómez A.)

Ahora bien, al igual que los dedos de una mano, cada uno de los dígitos correspondientes a la meseta de marras tiene su connotación particular. La calle 36, por ejemplo, desde el parque García Rovira hacia el oriente, es el dedo burocrático. Comenzando por la uña, que podría ser el marco del parque, se encuentran los Juzgados Administrativos, la Gobernación de Santander, la Alcaldía de Bucaramanga y el Palacio de Justicia. Más al oriente, por el mismo eje abogadil, está la DIAN y luego la Cámara de Comercio. Se respira en el ambiente el polvo de los mamotretos judiciales o gubernativos y el tufo de los Cafés donde apuran un tinto entre diligencias, tinterillos acuciosos y juristas encopetados. Lo anterior, claro está, sin perjuicio del comercio tradicional de la calle 36 y el rebusque informal de las carreras aledañas que le dan ese toque de mercado persa, típico de nuestras grandes ciudades, pero sobre todo de aquellas cuyos habitantes tienen una clara vocación de comerciantes, como pasa en Santander. No cesan los pregones del comercio en la 36, algunos, no es raro, con franco acento antioqueño.

El dedo de la calle 45, por su parte, es el más truculento. Como en el bolero de Daniel Santos (“el juego de la vida”), allí se encuentran abiertas las puertas “del hospital y la cárcel, la iglesia y el cementerio”: dos cárceles, un hospital psiquiátrico, el cementerio central, la morgue del Instituto de Medicina Legal y las iglesias de varias denominaciones son prueba fehaciente de lo dicho.

Finalmente, y no por falta de más dedos sino de tiempo para recorrerlos en este viaje, está el dedo de la calle 56 que se prolonga hasta el complejo residencial de Plaza Mayor, en la Ciudadela Real de Minas, levantado en los años ochentas del siglo pasado sobre lo que fuera el Aeropuerto Gómez Niño, símbolo de la temeraria aeronáutica regional y la pericia de nuestros pilotos vernáculos. Más de un avión cayó en los barrancos interdigitales de la meseta, o lo que es mucho peor, se metió sin permiso en las casas de los inocentes vecinos del aeropuerto. Este error hubo de corregirse más tarde con la construcción del aeropuerto de Palonegro, en el municipio de Lebrija, adosado a otro barranco, pero lejos de la Ciudad Bonita para indemnidad de sus habitantes. Hoy sus residentes, con menos vocación aérea y los pies bien puestos en la tierra, ya no son proclives a fallecer en un siniestro aéreo aún sin comprar pasaje (lo que parecía un imposible teórico), como sucedía en los tiempos del Aeropuerto Gómez Niño.


Como sea, lo cierto es que empecé esta guía zurda de Bucaramanga para afirmar mi amor incondicional por las tierras santandereanas; y si Dios lo permite, continuaré mi recorrido en una próxima entrega.

martes, 23 de junio de 2015

Exaltación de la masculinidad en Palonegro



“Más se perdió en Palonegro” 
adagio popular


Hay en el aeropuerto de Palonegro, situado en el municipio de Lebrija (Santander), que presta servicios a la ciudad de Bucaramanga, un obelisco erigido en honor a los héroes de la batalla de Palonegro. Se trata de un monumento discreto que pasa desapercibido a los viajeros (siempre afanados por alcanzar un vuelo) que llegan al aeropuerto en automóvil de servicio público o particular. Conque, salvo algunos funcionarios del terminal, ciertos taxistas en espera de pasajeros y uno que otro viajero desocupado, como el suscrito, nadie repara en la placa conmemorativa de la batalla en cuestión.

Son las cuatro de la tarde (mi vuelo saldrá a las cinco y media) y ante nada mejor que hacer después de haber registrado mi viaje y leído hasta los avisos clasificados del diario local, decido salir a mirar el obelisco. Soy de una generación pre tecnológica que limita a lo estrictamente necesario el uso de los dispositivos electrónicos. Abomino del autismo que producen tales aparatos en sus pobres usuarios, de modo que me encamino hacia el monumento de marras, vadeando el estacionamiento del aeropuerto hasta llegar al obelisco. Para acceder al complejo uno debe caminar el equivalente a tres cuadras por la vía pública (no hay acera), corriendo el riesgo de ser atropellado por los afanados conductores, tramo que se salvaría fácilmente cruzando por la mitad del estacionamiento, claro está, si hubiera una salida peatonal en la parte posterior. Acaso hay un deliberado desinterés en que los turistas visiten el monumento. Quizá el hecho tenga que ver con que el monumento conmemora la muerte insensata e inútil de miles de hombres (más de 4.500 según reza la placa), en una batalla larga y cruel entre liberales y conservadores llevada a cabo en ese sitio entre el 11 y el 26 de mayo de 1900. El obelisco, en palabras del autor del texto de la placa, Coronel Leonidas Florez, es “un monumento al pavor para ejemplo de la esterilidad de las guerras civiles”, y de todas las demás, agregaría yo.  Culmina su homenaje el Coronel Florez manifestando que “En Palonegro quedó demostrada la masculinidad de los colombianos llegados de todos los rincones del país”. Como sea, me aparto respetuosamente de lo afirmado con innegable sesgo machista en este último párrafo, pues lo único demostrado en dicha batalla fue, a mi juicio, nuestra estupidez endémica, nuestra absurda proclividad a la violencia para resolver las diferencias, y la utilización perversa del pueblo como carne de cañón para defender a sangre y fuego los privilegios del establecimiento y los terratenientes.

Se me ocurre que deberían llevar esa placa a las conversaciones de paz en la Habana como recordatorio y para vergüenza de las partes, que no acaban de develar todavía sus oscuras intenciones, sus ases bajo las mangas.

Otra fuera  la historia si en nuestras diferencias se hubiera demostrado mejor la feminidad de las colombianas, es decir, su sentido común, su valentía y  estoicismo ante la adversidad, la persistencia en sus luchas y reivindicaciones, su condición de madres dadoras de vida y no de muerte. Hay un dicho, creo que de Ambrose Bierce, un hombre que participó en varias guerras civiles, que  sostiene que un cobarde es una persona en la que el instinto de conservación aún funciona con normalidad. Quizá se refería a una persona con sentido común que se niega a participar en una guerra absurda, que se abstiene de matar a un igual  para proteger intereses ajenos y mezquinos. Esa no es cobardía en el sentido de los belicistas, sino objeción de conciencia.


Y a despecho del adagio popular que antecede esta entrada, evidentemente en nuestra guerra inveterada hemos perdido mucho más que en Palonegro!!!

miércoles, 17 de junio de 2015

Pequeño homenaje a un gran batallador: Willie el coyote de la caricatura

Hastiado de nuestra absurda cotidianidad plagada de barbarie y corrupción, hago un paréntesis caricaturesco, terapéutico y banal, si se quiere, para rendirle el homenaje que le debo al enorme Willie. 



Desde que se inventaron las ventas por catálogo, no conozco un consumidor más sufrido que el pobre Willie, el coyote de la famosa caricatura de Warner. Sin embargo, esta víctima propiciatoria del consumismo insensato, mantiene una fidelidad a prueba de balas a los productos de la Corporación ACME. Lealtad digna de mejor causa, pues los artificios de esa inefable marca han demostrado ampliamente su ineficacia (sobran pruebas), y lo peor, se han constituido en una fuente inagotable de peligro para la integridad del usuario de marras. Tan extraño caso de la mercadotecnia amerita un estudio enjundioso por parte de un gurú del arte de fidelizar clientes. Pero esa es otra historia.


Ahora bien, si pudiéramos volver a clasificar a este cánido cándido en la zoología caricaturesca, no lo llamaríamos “Carnivorus vulgaris” como aparece en los créditos del cartoon, ya que, si bien vulgar, el pobre animal homenajeado no ha probado carne alguna en toda su vida, que yo sepa, sino que tocaría llamarlo “Consumidorum insensatus vulgaris”, merced a su inexplicable fidelidad a los productos ACME.


Por otra parte, lo que si causa enorme simpatía entre sus admiradores (que somos muchos), es su persistencia en el empeño de cazar al escurridizo Correcaminos, su estoicismo tragicómico frente a la adversidad. Parece que Willie creyera como Zenón de Citia, que todo cuanto le sucede está signado por un destino inexorable superior a él, imposible de controlar, y que ante el absurdo es preciso mantener una actitud de imperturbabilidad del alma (cualquier parecido con la realidad es pura caricatura).


Lo cierto es que Willie, con su insensibilidad hacia el dolor  y su esperanza firme de conseguir algo de placer mediante el esfuerzo vano (pero esfuerzo al fin), nos enseña la lección de la perseverancia, esto es, que no hay que cejar en el empeño de alcanzar el objeto de nuestro deseo por duras que sean las caídas. Toca, eso sí, ser más inteligente que nuestro héroe en la elección de los medios para alcanzarlo. En todo caso, nunca caer en las trampas de los perniciosos productos de la Corporación ACME que, en la vida real, asimilo a los créditos venenosos de los bancos.